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ecuerdan en los últimos tiempos haberse topado con alguien que estuviera leyendo un libro. A mi me cuesta trabajo hacerlo. Tengo, sin embargo, menos dificultades para visualizar la última vez que vi a un ourensano con un Ipad, ese extraño invento ante el que, supongo, todos acabaremos sucumbiendo y desde el que puedes desde conectarte a Internet hasta leerte la última novela del momento. No tengo nada contra esos aparatos del futuro, pero yo me quedo con el olor que desprenden los libros y prefiero pasar las páginas que no tener que usar el ratón para avanzar en mi lectura.
No deben quedar, sin embargo, ya muchos que piensen igual. Que la denominada generación 2.0 le ha dado la espalda a la lectura, al menos en el modo tradicional, es una realidad. No les culpo, antes cuando de pequeños leíamos con voracidad las serie de Los Cinco o los cómics de Mortadelo y Filemón lo hacías porque era una de las escasas alternativas. Ahora, los jóvenes tienen en casa una o dos consolas y un móvil con el que pueden navegar, escuchar música y chatear con sus amigos. La competencia, por tanto, es dura. Y se nota y da pena, especialmente, cuando ves como los libreros llevan sus tesoros a la calle para promocionar la lectura y apenas sacan para pagar los gastos de mantenimiento de una caseta. Y las instituciones, por supuesto, miran para otro lado y usan la tijera en las subvenciones públicas.