Solo algunos candidatos se animaron con el estriptís económico en las últimas semanas. Allá cada cual con sus razones, igual para mostrar como para ocultar, que de todo ha habido. A pesar de que los sueldos de los cargos públicos van bien por encima del salario mínimo interprofesional, en general poco han progresado, si damos por bueno lo que exponen y que, previsiblemente, será lo mismo que cuentan en sus declaraciones de renta. Unos ahorrillos, hipotecas varias, viviendas heredadas y coches que en buena parte de los casos deberían estar jubilados. Chatarra, vamos. Ni parecen especialmente comedidos a la hora de gastar, ni son unos hachas para los negocios, ni tampoco unos aguilillas para las inversiones. Más bien nos han salido conservadores, sosos, si hemos de creer lo que confiesan y sin pudor enseñan. Cero, pues, en sofisticación financiera. De lo cual se desprende que sus años de dedicación a la política, esa tan honorable actividad que despierta o aviva simpatías y amistades de otro modo improbables, no les ha reportado cercanía o confianza suficiente con alguno de tantos figuras de los negocios como tenemos por estos pagos y que, ya puestos, bien les podían acercar a la senda de la prosperidad. Pero ni eso.
Normal, pues, que sigan con sus viejos coches, sin haber aprovechado los extraordinarios beneficios fiscales que promovieron y publicitaron, por ejemplo para adquirir vehículos híbridos y contaminar menos. No es porque tengan coche oficial, ni tampoco por despistar. No. Es que son así. Y qué bien...