Liquidar, como en Fukushima. Es lo que ha hecho nuestro Gobierno con la macrolicitación de José Blanco. Al final, el plan con el que el AVE llegaría a Galicia en el 2015 se ha esfumado y desintegrado. Si, como con la radiactividad, pudiésemos medir el grado de interés del Gobierno para saldar la deuda histórica en materia de ferrocarriles, la aguja del medidor ni se movería. Los famosos 6.000 millones han mutado. Ha sido tal la deformación que los contratos en los que intervendrá la banca y el cash de las grandes constructoras españolas solo responden al montaje de vía y el mantenimiento. Los túneles y los viaductos se licitarán y adjudicarán mediante un procedimiento convencional, para el cual habrá que ir reservando partidas anuales en los Presupuestos de los próximos años. Algo que probablemente no tendrá que hacer el actual Gobierno y que ralentizará el ritmo de estas obras a las que todavía les queda mucho para comenzar. Será difícil terminar con un residuo radiactivo de este tamaño.
Las críticas desde Madrid y Cataluña han podido con las supuestas buenas intenciones de Fomento. No eran pocos los que defendían la macrolicitación, pese a su elevado sobrecoste. No eran muchos los que han defendido que nuestras líneas de alta velocidad deberían financiarse como el resto de las líneas del Estado, con el esfuerzo presupuestario que no se nos ha dado nunca. Como en Chernóbil, el objetivo era blindar la inversión en el siempre olvidado ferrocarril gallego y asegurar que no habría fugas, de capital en nuestro caso, hacia otras comunidades. Finalmente, en el corto período de tiempo en el que se había hablado de «discriminación positiva» con Galicia, el mismo año en el que se había firmado un «pacto» que aseguraba la licitación de 3.300 millones de euros para obras del AVE y la construcción de una colosal obra de ingeniería en 3 años, lo único que ha quedado demostrado es que sigue sin haber una apuesta firme por nuestra tierra. Los políticos han preferido un final «a la gallega». Encomendarnos nuevamente a unos Presupuestos Generales, en medio de la mayor crisis económica que se recuerda y donde ya no se sabe si Galicia se sube o se baja del tren del futuro. ¿Deberíamos haber esperado algo diferente?