El consenso

Pepe Seoane A

OURENSE

niman al consenso, invitan al consenso, reclaman consenso, apelan al consenso, proponen un amplio consenso y hasta llaman al consenso: ven, consenso, ven, que de todo hay que echar mano en estos días en los que, urnas a la vista, casi todo vale. Todo sirve para esas invocaciones al consenso, casi siempre al límite, cuando ya han agotado las sucesivas convocatorias y oportunidades que han tenido para anteponer hechos a palabras. Sirve el termalismo, el perfil de la estación central del AVE en la capital, el nuevo puente sobre el Miño, o la plaza de abastos. Se muestran inflexibles a la hora de defender sus posiciones, en ocasiones con ese punto de chulería o suficiencia que raya lo ofensivo, pero al final acuden al comodín del consenso: oiga, reflexione, amóldese a lo que yo opino, que es la verdad verdadera, déjese de discrepar y consensúe, hágame el favor, dicen ellos, siempre que pueden ante un micrófono y remarcando sus palabras como si estuviesen haciendo la declaración de derechos humanos.

Manosean de modo tan grosero el término que acaban desvirtuando su sentido.

¿Por qué, además, ese empeño con el consenso? ¿Será, por un casual, que tratan de escudarse en los otros ante la perspectiva de errar en un diagnóstico o en un tratamiento? Si el consenso sirve, por ejemplo, para que el Concello de Ourense pague un salón de actos en la planta baja del Banco de España, como si no hubiera suficientes en la ciudad, qué mejor que reivindicar la discrepancia.