Bendita paciencia

OURENSE

No lo está, pero debería estar en las pruebas psicológicas de cualquier empleo público. Y es que tener que buscar un sitio donde aparcar en el centro de la ciudad cada día laborable para ir al trabajo desgasta, y mucho. La jornada empieza con el sonido del temido despertador. Ducha rápida y café instantáneo para ganar tiempo. Sales a la carrera, coges el coche y subes la radio para escuchar las noticias. Según te acercas al centro ya activas el radar de buscaplazas . Empieza el circuito de la zona azul en un terreno repleto de colegios. En mi caso, lo hace en Ramón Cabanillas, esquina con Celso Emilio Ferreiro, a partir de ese punto cualquier hueco vale para meter el coche. El recorrido sigue por la avenida de Buenos Aires, plaza de As Mercedes, Valle Inclán, y de nuevo vuelta a empezar en Celso Emilio Ferreiro. Dos, tres y hasta cuatro veces. Solo están libres los vados. Ni rastro de un hueco. Quitas la radio y buscas un cedé que suavice el cabreo. Te sube la tensión, pitas al coche en doble fila que no te deja pasar. «Nada es imposible», te autoconvences después de media hora y acabas en un párking donde te cobran hasta por respirar. Sales del trabajo a mediodía. La broma son cinco euros.

Comes y después una pequeña siesta con el telediario de fondo. De nuevo a la lotería. Esta vez hay más suerte. A la segunda encuentras un sitio en zona azul. Te bajas, revuelves en el bolsillo. Nada, no hay monedas sueltas para pagar el importe exacto que te exigen para no multarte. Al final resuelves con la Visa -aunque nadie se haya molestado en contárselo la ORA se puede pagar con la tarjeta de crédito-, y te dejas otro euro. Más los cinco de la mañana, ya son seis. A eso hay que sumar el gasto en combustible y el cabreo, que no tiene precio. Acabas la jornada, llegas al coche y te espera una sorpresa: una multa por pasarte en media hora del tiempo permitido. Noventa euros, dice el papel. Solo la experiencia de que nunca llegará la sanción te alivia. Y el lunes, otra vez. ¡Uf!