El próximo, 24 de octubre, celebramos el Domingo Mundial de las Misiones. Cada año, por estas fechas, escuchamos la misma invitación de la Iglesia: prepararnos para vivir una nueva gran primavera de la Iglesia y una nueva evangelización de los pueblos. Todos los creyentes nos asomamos en estas jornadas al mundo de las misiones y queremos tomar parte activa en el mismo.
El Papa, Benedicto XVI, ha elegido para esta campaña misional un lema precioso: «Queremos ver a Jesús». Es la súplica de unos peregrinos griegos al apóstol Felipe. Es el ruego que nos descubre el por qué y el para qué de las misiones. Y es el grito que, consciente o inconscientemente, sale de la garganta de los hombres y mujeres de nuestros días angustiados por el dolor de la increencia, por la fuerte corriente de superficialidad, por el ahogo en el egoísmo del bienestar personal.
Los creyentes tenemos que responder a esta demanda: tenemos la obligación, no sólo de hablar de Jesús, sino de mostrarles a Jesús. Y esto sólo se consigue por medio de una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral. Del encuentro con Cristo nacerá la comunión en el amor, que es, en definitiva, lo que el mundo de hoy necesita y que no podemos guardar para nosotros solos.
Los misioneros, contemplativos en la acción, son los portadores de esta comunión de amor entre Dios y el mundo. Necesitan el apoyo de nuestras oraciones y también la ayuda de bienes materiales para saciar el hambre, crear escuelas y abrir centros de salud y asilos para ancianos en aquellos países golpeados por la miseria.