El curso político recién iniciado se presenta como la pasada Liga. De fútbol, digo. Había Mundial y era necesario apurar los partidos para poder completarla. En el Concello de Ourense ocurre ahora algo parecido: hay elecciones a la vista y quien más quien menos trata de exprimir esos meses que tiene por delante. La oposición poco pinta, pero los que mandan, con más margen, aceleran, sin rebajar ni un céntimo la política de inversiones, que siempre luce. Y ello a pesar de las dudas sobre la situación económica, el descenso de ingresos y la incertidumbre sobre la profundidad de la crisis. Por exigencia ajena, se recortan las nóminas de los empleados, pero no los presupuestos ni los planes gestados por el gobierno local. Quisieron reducir, vale, la subvención a Limiar, pero seguramente el tijeretazo no obedecía tanto a un encomiable ánimo de ahorrar para dedicar ese dinero a gastos sociales, verbigracia, sino a la ostensible falta de sintonía con el bipartito: de otro modo, seguirían cobrando igual, para qué engañarnos.
Este curso traerá también un nuevo director general , la designación de un político para ocupar uno de esos puestos de libre designación a los que se accede tras la ficción de un concurso público, que no pasa de ser un mero señuelo allá donde se cruzan contrataciones, administración, militancia partidista y cargos de perfil político.
Xosé Carballido salió en su día del Concello por la puerta grande. Volverá, sin embargo, por la de atrás. Puede ser determinante su presencia, es cierto, pero no siempre dan buen resultado los regresos. Tienen sus riesgos, si no se miden bien. Deterioran imágenes impolutas. El nacionalista goza de unánime reconocimiento, oposición incluida. Le pasaba lo mismo al ciclista Lance Armstrong o al piloto Michael Schumacher, los más laureados de la historia en el ciclismo y la Fórmula 1. Eran intocables. Se les sigue respetando, pero menos. El retorno les está saliendo caro, sea la culpa suya, o del chachachá. Y es una lástima.