El grupo del PP en el Concello de Ourense ya tiene lo que perseguía: se ha cobrado piezas políticas en el famoso caso de los paneles. La política, reconozcámoslo, es así. El éxito se mide en la mayoría de las ocasiones en la capacidad de encontrar petróleo en las cañerías del enemigo. Eso de que la oposición debe articular su discurso con alternativas al gobierno a base de propuestas, incluso construyendo un equipo en la sombra, está bien para la galería, pero no parece dar réditos en las urnas.
Tener a alguien que persiga supuestas fechorías en la acción de gobierno consigue más notoriedad que si se dedica a estudiar sesudos proyectos que contraponer a los que sitúa sobre la mesa el grupo que manda en una institución. Es así. Los comentarios de estos días sobre el tsunami político y judicial del BNG multiplican por la enésima potencia los que pudieran producirse por un estudio alternativo a la entrada del AVE, por poner un ejemplo. Y en el fétido caso de los paneles ha encontrado el PP en el Concello de Ourense su santo grial como oposición. Las consecuencias políticas ahí están: tres dimisiones. Las judiciales son impredecibles, y no dependen de los populares, sino de los togados.
El PP y su portavoz, Poly Nóvoa, han sido jaleados de forma indisimulada por los cargos de su partido -¿también por José Manuel Baltar y Rosendo Luis Fernández?- y su crédito ha crecido tres años después de liderar una oposición evanescente. Ahora Poly goza de más predicamento entre entre aquellos que desde Santiago le pusieron en el brete de intentar minar el poder baltariano en el congreso del pasado mes de enero y que le supuso un desgaste inútil y su enemistad con el padre y el hijo. Vuelve a tener oxígeno gracias a airear supuestos delitos en sus enemigos. ¿Triste? Más triste será si le dan ahora como señuelo el número dos en las municipales después de apartarle del número uno.