Los encargados de la programación cultural piensan que en verano el calor nos derrite el cerebro. Que las neuronas se nos mueren entre tanta cerveza verbenera y fiesta gastronómica. Y que las repeticiones televisivas y los acalorados debates del corazón cubren nuestro ocio. Tiene que ser eso. Piensan que en verano apagamos el cerebro o lo ponemos en modo ahorro de energía, y nos dejamos llevar. Descartan que con estos días tan largos, nos pueda apetecer, por ejemplo, ir al teatro.
¿Teatro, en agosto? ¿Quién va a ir con este calor?, preguntan los técnicos de cultura irónicamente, como si esa fuese una idea loca que solo a mí se me ocurre. Pues los cientos que van a Mérida cada mes de julio no creo que escojan el destino por fresquito, digo yo...
Pero, ¿y los que no podemos ir al festival extremeño? Porque, ésa es otra: no todos estamos de vacaciones. Repito por si alguno no ha leído la línea anterior o ha pasado demasiado rápido: No todos estamos de vacaciones. Hay mucha gente que lo está, cierto; pero cada vez es más la que se queda. Cada día somos máis, como decía aquel club infantil televisivo; pero parecemos proscritos, gente con menos derechos que los veraneantes, a los que, por cierto, igual tampoco les parecería mal poder disfrutar de una oferta cultural que vaya más allá de las proyecciones de cine al aire libre, las xornadas de folclore o las verbenas. Aunque no puede ser. Si los sesudos técnicos de cultura (y sus sesudos jefes políticos) piensan que debe ser así, igual es que me está afectando el calor y tengo ideas peregrinas. No digo que no, pero tal vez se podría hacer una prueba. Por eso del ensayo error y ver si, realmente, nadie quiere ir al teatro en verano. Igual surgió así el festival de Mérida. O igual no. Pero teniendo en cuenta que está en la otra punta de la Península, igual hay espacio para dos citas con las artes escénicas. O igual no. No lo sé, debo estar entrando en modo ahorro de energía.