Lástima de campamento

OURENSE

11 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay recuerdos de la infancia que son como un bálsamo. Si cierras fuerte los ojos y los recuperas no es que seas feliz, es que te sientes como radiante por dentro.

Los campamentos de verano me traen muchos de esos recuerdos. El primero, el insomnio de la noche antes, con la mochila todavía abierta al lado de la cama... Pero hay más: los fuegos de campamento, las historias de miedo, las conversaciones de litera y tienda de campaña... En los campamentos los niños se hacen mayores. Y descubren cosas: que después de muchos días de rancho el arroz a la cubana es un manjar o que hay algo de ritual en intercambiar tu camiseta favorita por la sudadera favorita de una amiga a la que hace una semana no conocías.

En mi primer campamento empecé a descubrir que quería ser periodista. Volví a casa con una revista que hicimos con papel y rotulador... también con un amor platónico y un admirador plasta. Y así aprendí que no todo siempre sale como uno planea.

Del segundo campamento volví con tanta roña que mi madre se asustó al verme. Me metió directamente en la bañera, sin darme tiempo a sacarme la ropa siquiera, y fui consciente de que debía usar la esponja al menos el día antes de regresar a casa.

En el tercero aprendí lo que era la Heineken. Y no porque la bebiéramos (éramos unos mocos, todavía) sino porque era el mote del tío bueno del campamento. Elchicomasmonoquehevistoenvida. Y con los años me enteré de que los había más guapos.

En el cuarto, y a través del olfato, me enteré de lo que era el zotal y agradecí que se hubiera inventado el Míster Proper.

Los campamentos de verano tendrían que ser obligatorios. Porque a estas alturas de julio, cuando debería estar suspirando por las vacaciones, me encantaría poder preparar la mochila. Una vez más. Lástima de los diez años. Y de los once...