Seguro que es verdad pero no me lo puedo creer. Me cuentan que José Luis Baltar ya no es el mismo desde la victoria de su hijo en el congreso del PP. En lugar de estar exultante de alegría al lograr el sueño de que el vástago fuese, a la vez, heredero de lo público y de lo privado, me dicen que se le ve tenso, cabreado, irascible, peleado con el mundo, escapando de sus compromisos institucionales, maquinando venganzas contra tirios y troyanos y buscando la satisfacción del daño en lugar de la reparación del perdón. Y este no es el José Luis Baltar que dejó durante dos décadas un reguero de amabilidad, cortesía, buenas formas y un largo etcétera de compostura social. ¡Qué victoria tan amarga la suya! ¡Qué triste epitafio a una carrera! Él, que empezó uniendo (Alianza Popular y Centristas) impulsa ahora la división y el enfrentamiento entre sus compañeros del PP, a los que dirigió en armonía durante 18 años. Y la situación es irreversible como se vio en Xinzo. Antes la palabra de Baltar era ley. Hacía y deshacía listas, nombraba y quitaba cargos sin más consulta que a la almohada. Y en algunos casos, ni eso. En Xinzo, por más que levantó la voz, tan sólo consiguió dividir a la militancia del PP. Como antes había hecho en la capital y en varios concellos. El hombre que todo lo unía mudó en el hombre que todo lo deshace. Y este no es el auténtico político José Luis Baltar. Este es el auténtico padre José Luis Baltar que, cual Belén Esteban, por su hijo, mata. Aunque sea al partido que le dio fama, poder y riqueza. Parafraseando lo de Aznar sobre Zapatero podría decirse que ¡nunca en política un hijo pudo hacer tanto daño a un padre en tan poco tiempo!