«La juventud no escapa de la iglesia porque para escapar hay que estar dentro, y no lo están»

Después de casi 50 años como párroco de la Asunción sus experiencias están ligadas al crecimiento del barrio


Junio del 2009. Los coches dejan su estela de ruido por la avenida de Otero Pedrayo, el campus próximo delata ajetreo de jóvenes que van y vienen a las facultades. Los vecinos entran y salen a nuevos edificios con aire confortable y construcción moderna. En la iglesia de la Asunción todavía hay retoques en el templo luego de unas acertadas obras de reforma. Ahora imaginemos el mismo escenario en 1960: el lugar de culto tiene tejado, paredes, puerta y poco más. Alrededor todo son fincas, cantan las gallinas, hay huertas y casas humildes. Ni rastro de la carretera y para ir a misa hay que atravesar fincas privadas.

Así, a grandes trazos, se puede describir la espectacular evolución de una zona que casi ha crecido en torno a su iglesia. En ella, desde el 5 de octubre 1963, está don Santiago González Rodríguez como párroco. Ha sido y es testigo de la evolución de la zona, del crecimiento de su población, de los cambios sociales experimentados en el citado período y, por qué no decirlo, del componente religioso de los parroquianos.

El templo se comenzó a construir en 1958 gracias a la donación de un solar propiedad de la familia Carbajales Pereira y debe el nombre de parroquia de la Asunción «a que en la escuela de A Rabaza había una imagen de la virgen que trajimos para aquí y luego se le acabó bautizando a la parroquia con ese nombre», recuerda don Santiago. El párroco llegó aquel 1963 después de haber pasado un año en la iglesia de la Trinidad, nueve años en la parroquia de Santo Domingo y uno como director espiritual del Seminario.

«Cuando yo vine no había ni la carretera que ahora se llama avenida de Otero Pedrayo. Estuvieron paradas las obras diez años y cuando las retomaron también pasó tiempo hasta que le pusieron el firme», dice el sacerdote. Toda aquella zona desde Mende a las inmediaciones de A Rabaza se constituyó como un auténtico barrio de aluvión, con decenas de familias que provenían de las aldeas próximas para procurarse tal vez un futuro económico mejor.

Bautizos y bodas

Creció y sigue creciendo. Aquellos niños de pueblo son hoy hombres de mediana edad. Aquellas parejas de novios pasaron algunas por el altar. Y, tristemente, aquellas personas mayores dejaron el barrio para siempre. Don Santiago recuerda que «debí haber bautizado a más de 2.000 niños en esta parroquia; bodas no muchas porque nuestra iglesia era poco confortable artísticamente y las bodas se hacían fuera y los entierros, tampoco muchos porque una buena parte de la gente era del rural y llevaban a sus familiares a enterrar a los sitios de donde habían venido».

La Asunción fue también un lugar con mucho tirón para una generación de jóvenes que allá por los 60 o 70 se implicaron en movimientos como el denominado Júnior o Rutas, válvula de escape al asociacionismo encorsetado en una época dura desde el punto de vista político. Aquellas convocatorias tenían un marcado sentido religioso, pero los jóvenes de entonces tampoco interpretaban literalmente ese sentir.

El párroco reconoce que ha tenido «colaboradores que han trabajado mucho en el campo de la juventud como don Clemente, ahora secularizado, o don Eustaquio Barbosa, que trabajó mucho con la juventud».

Pero ni el ocio de la juventud hoy es el mismo, ni sus demandas las de antes ni tampoco se sienten atraídos por la religión católica. El sacerdote no se engaña. Reconoce que «la juventud no se escapa de la iglesia porque para escapar hay que estar dentro, y no lo están».

Con la misma sinceridad reflexiona sobre «los valores que se dan en una sociedad como la de hoy hacen que la parroquia ya no sea un lugar atrayente, algo que les interese», de ahí que también eche un vistazo a la educación que se imparte puertas adentro, «en donde el sentimiento religioso no tiene peso y no es tanto por una hostilidad hacia la iglesia como una falta de valores y por eso los jóvenes no se sienten llamados».

Gomesende

No es su caso, pero tampoco la generación de este párroco de 79 años es la de hoy. La juventud de antes y la de ahora se parecen como el día a la noche.

Él vino al mundo en Gomesende, «en la parroquia de Santa María do Pao», matiza. Sus recuerdos de infancia, tal vez gratos, se desdibujan rápido porque a los once años ingresó en el seminario después de vivir una corta etapa con un tío que era cura. Fue ahí «donde descubrí el trato con los demás sacerdotes y me di cuenta que su estilo de vida me gustaba y sobre todo pensé que podría ayudar a los demás, que es lo más importante que se puede hacer».

En su casa hubo satisfacción por partida doble. Don Santiago se hizo sacerdote, pero su hermano José siguió el mismo camino y hoy comparten trabajo en la parroquia de la Asunción, cuyo templo está sometido a una profunda reforma.

Las obras

Al párroco se le ve especialmente feliz después de una etapa «de mucha preocupación» porque la realización de las obras presentaba ciertas incógnitas. Mientras se celebra la entrevista, técnicos de la constructora supervisan los trabajos antes de la inauguración formal. Don Santiago les pregunta cuándo estará todo listo y qué fecha podría ser la inauguración. Uno de ellos le responde, «cuando quiera el señor obispo», dando por hecho que del trabajo poco queda.

Los parroquianos de la Asunción tienen ahora un templo mucho más coqueto. Hay decenas de parroquias de la provincia que están abandonadas y el patrimonio eclesiástico seriamente dañado. El cura afirma que «aquí no había nada que conservar, solo teníamos que adecentar lo que ya teníamos».

Y es que, salvo la imagen de la Virgen, del resto casi es ex novo. Ahora, con el olor a madera nueva y los aromas de obra, el párroco sigue con atención la evolución de los trabajos. A fin de cuentas él está como en su propia casa y ni que decir queda que ese tiene toda la pinta de ser su rincón. Desde hace casi 50 años. Y los que le quedan. Ahí es nada.

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