Un oasis de costumbres marroquíes en la ribera de la A-52

OURENSE

14 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Los extensos terrenos arenosos de sus país natal poco tienen que ver con la comarca en la que residen desde hace varias décadas, exceptuando el paisaje heredado por el trabajo destructivo de las areneras que ocupan el perímetro de la vecina laguna en las afueras de la localidad. Una villa, Xinzo de Limia, la cuarta de la provincia de Ourense en número de habitantes, que desde finales del siglo pasado ha visto incrementar la comunidad marroquí considerablemente, asentándose en el municipio con la totalidad de sus costumbres religiosas, incluyendo un templo para celebrarlas.

Una adaptación a la tierra que nunca llegó a cuajar con el pueblo nativo de la misma manera que lo hicieron los inmigrantes llegados de otras naciones, pero que ahora, a través de la iniciativa empresarial de Ahmed Fathallah, renace la posibilidad de profundizar en la convivencia a través de la gastronomía. Un puente, que Ahmed y su hijo Hakim, después de 38 años en España -los primeros en Ourense, viviendo la calle General Franco, un par en Allariz y 18 en Xinzo- ha decidido tender a través de su restaurante Casablanca, emplazado en la rotonda que hace de bisagra entre la villa y la trascendental autovía A-52. «Se trata de una oportunidad para dar a conocer nuestra cultura a través de la gastronomía y de acercarnos al pueblo español, ya que además preparamos recetas de aquí», apunta este empresario satisfecho. Una carta, la del restaurante Casablanca, que oferta dentro de su sección ibérica, platos como churrasco, chuletón, carne asada o bacalao, entre otras opciones. Alimentos que prepara la nuera de Ahmed, «que tiene el título de cocinera de Marruecos» apunta el propietario de este establecimiento pionero.

Desde la gerencia recomiendan especialidades como el couscous, tajine, kebab, cordero al horno o diferentes sopas, «platos todos ellos que tienen éxito entre los clientes que visitan nuestro restaurante, que son sobre todo españoles y portugueses». Una estampa que muta con la llegada del final de la jornada laboral, en donde la comunidad magrebí ocupa el establecimiento, convirtiéndose en centro social y de recreo para la práctica de sus juegos de cartas, el consumo de té o fumar su propio tabaco, conocido como shisha y que se consume en pipas de agua. Posibilidades, todas las que aporta el restaurante Casablanca, que para los inmigrantes llegados de Marruecos se ha convertido en un oasis en el que saciar la morriña que, al margen del color del pellejo, siempre ha existido y perdurará.