Es el título de la obra de teatro con la que un grupo de reclusos quieren concienciar a los jóvenes de los peligros de la droga
01 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Sobre un escenario vacío, cinco sillas y un cartel con la prohibición expresa de sentarse en ellas. Así comenzó ayer Siempre hay alternativas , la obra que diez reclusos de la comunidad terapéutica del centro penitenciario de Pereiro de Aguiar estrenaron en el instituto Blanco Amor de la capital ourensana. Frente a ellos, chavales de 15 y 16 años que desde primera hora de la mañana aguardaban con expectación el momento de ver qué era lo que se les ofrecía desde las tablas.
Y lo que se les ofreció fue más que teatro. De forma sencilla, pero contundente, los integrantes del grupo teatral del penal desgranaron para ellos la dura y cruda realidad de las drogas a través de diez personajes que tomaban una u otra determinación ante las sillas y el cartel que prohibía sentarse en ellas.
La obra, escrita y planificada por ellos, bajo la coordinación de la colaboradora de Cimo Raquel Crespo, dio paso a uno de los momentos más emotivos e impactantes para alumnos y profesores. Sentados en el escenario, algunos de los integrantes del grupo les contaron cómo habían caído en la droga y cómo habían llegado a la cárcel. Episodios de un pasado común al del público, con un colegio, amigos y una familia, que se rompió al entrar en él la droga. La edad de inicio, para casi todos, no fue ni siquiera la de los chavales que los escuchaban.
En primera persona
«Lo perdido es irrecuperable, pero lo que me queda quiero vivirlo». Era la conclusión de Marcos, que un día quiso «ser como los demás», hasta que la cosa se le fue de las manos.
José lleva en prisión desde los 21 años y de eso ya hace trece: «Buscaba cariño, ficticio, en las drogas. Luego empecé a delinquir y ya todo dio igual». También se sumó al carro de las drogas en su más tierna adolescencia.
El comienzo de Rogelio fue similar. Jamás aceptó los límites impuestos por sus padres y con trece años, como forma de rebeldía, dejó de estudiar y se puso a trabajar. Demasiado dinero para un niño que seguía sin aceptar normas ni consejos. Y, como en el caso de sus compañeros, todo se precipitó hacia la dependencia primero y luego hacia la delincuencia: «Cualquier persona de cualquier ámbito puede estar en esta situación, aunque ahora eso os parezca extraño».
Rogelio tiene dos hijos. Uno de ellos nació con síndrome de abstinencia. Como sus compañeros, una de las consecuencias más dolorosas de su dependencia es el daño causado a sus más allegados.
Tras el relato de lo vivido, llegó el momento del coloquio, en el que los estudiantes plantearon todo tipo de preguntas. Hubo respuestas para todos y un mensaje muy claro: «Te das cuenta de tu equivocación cuando ya todo está perdido. Salir de las drogas solo es muy difícil. Tenéis que ser muy conscientes de la decisión que tomáis.»
Decisión personal
«Solo decidís vosotros. Sois el futuro. Veros ahora es verme a mí hace años. La decisión es única y es vuestra». Las palabras de Alberto explican por sí mismas el objetivo de esta iniciativa nacida en el seno de la cárcel. Que lo vivido y lo sufrido, narrado en primera persona, sirva para que otros se lo piensen, y mucho, antes de dar un paso que conduce a un camino del que es difícil salir: «Hay un momento en el que te engañas y crees que eres libre, pero luego te das cuenta de que no. La droga es incluso más fuerte que el amor. Y si no ves eso, entonces ya no ves nada».