«A los capadores nos valoraba mucho la gente»

OURENSE

Con sesenta y ocho años, él fue uno de los que tuvo que dejar el oficio y dedicarse a otros trabajos. Sin embargo, los conocimientos que heredó de su padre se los legó a su sobrino veterinario. El método de trabajo, según explica, no varió con el paso de los años.

-¿Sigue habiendo quien solicite sus servicios?

-Sí, lo que pasa es que como la vida da unos cambios tan grandes ahora los animales los tienen muy poquito tiempo. Son jóvenes y les dan otro pienso. Hoy en día ya casi no se necesita capar a las hembras y los machos son muy fáciles de capar. Un cochinillo no tiene gran dificultad. Lo nuestro, nuestra especialidad, eran las hembras.

-¿En qué se distinguía el trabajo hecho por un veterinario del hecho por ustedes?

-El veterinario necesita un equipo. Primero, una mesa para poner al animal, pero eso va muy mal, porque al hacer eso a veces salen los intestinos de los animales por el corte que se hace para sacar la matriz o los ovarios. Nosotros trabajábamos en el suelo y acomodábamos al animal, de tal modo que todo fuera limpio. Ellos no eran prácticos, tardaban mucho y se complicaba todo un poco, por eso la gente no los quería. Era una cuestión de práctica y de haberlo visto. En la escuela veterinaria debieran habernos llamado... Claro que tampoco nosotros nos hubiéramos prestado a enseñarles, porque sería ir en contra nuestra. Pero sí, les faltaba el haberlo visto en casa, como nosotros.

-¿La técnica ha permanecido igual o ha evolucionado, influida tal vez por la veterinaria?

-No, no, sigue exactamente igual. Mi padre era muy buen capador, como a los que hoy se homenajea, y yo aprendí lo que él me enseñó. Todo sigue igual, además de que nuestra técnica no tiene grandes alternativas.

-Hoy en día ya no sería negocio, pero hubo una época en la que estaban ustedes muy valorados, también en lo económico.

-No, hoy desde luego no sería negocio, pero sí que lo fue. Mi primer dinerito, que dio de sí un local que luego dediqué a la hostelería y un pisito, nació de ahí.

-¿Era el suyo un oficio respetado?

-Sí, a los capadores nos valoraba mucho la gente. Nos llamaban cuando nos necesitaban. Llegábamos, terminábamos y teníamos todo preparado para lavarnos con el mejor jabón y la mejor toalla, que de aquellas no había baños.

-Hoy en día, mucha de la gente que desconoce su oficio y que sabrá de él a raíz de este acto posiblemente se quede un poco asustada. ¿Cómo era la recuperación del animal tras la operación?

-Las hembras se ponían un poco mal. Les daba fiebre, pero en veinticuatro horas empezaban a recuperarse y se les podía dar de comer. Nosotros lo hacíamos todo en vivo. No había calmantes ni nada. Se lavaba bien la herida y le echábamos alcohol. Nuestras cuchillas iban desinfectadas. Cuando llegaron la penicilina y los antibióticos, y se trataba de un animal mayor, ya le dábamos algo.