DE REOJO | O |
02 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.«MI HIJO, afortunadamente, no sabe ni quién es la Virgen María, ni quién es san José ni quién es el Niño Jesús». Lo dice, puede decirlo o pensarlo, un padre lleno de bolsas que el próximo viernes ejercerá de uno de los Reyes Magos y cubrirá a su hijo -puede que literalmente- de regalos al pie del árbol de Navidad. «Quiero que mi hijo reciba su educación religiosa en el colegio, entre las matemáticas y la lengua». Lo dice, puede decirlo, una madre que pisó la iglesia, por última vez, el día de la Comunión del niño. Y mientras lo hace le recomienda al chaval que no comparta con nadie la Game Boy, por si se la rompen. «Ni los pokemon. Vamos, hombre, que se los compren sus padres». «Pues me parece bien que aquel colegio de Zaragoza suspendiese el festival de Navidad. Sólo faltaría que se armara el belén en clase». Lo dice, puede decirlo, alguien que en Nochebuena -esa velada en la que se conmemora el nacimiento del niño del primer párrafo- se sentó a la mesa con cigalas, langostinos y centollos, con vino y con champán, con polvorones, dispuesto a celebrar como nunca. «Mi hija va a un colegio de monjas, por supuesto. Nosotros somos gente de bien». Lo dice, puede decirlo, un ciudadano que al salir de la reunión de padres insiste en que hay que pedir a la dirección que busque la manera de que no haya niños moros en clase. «Paso de que a mis niños le coman la cabeza con cosas de curas». Algunas de las personas a las que se les podría atribuir esa frase son padres del 85% de los alumnos ourensanos de Secundaria que estudian la asignatura de religión. En Infantil y Primaria el porcentaje es del 95%. En Bachillerato, también en la provincia, del 75%. Al final va a ser verdad. Va a ser verdad que los peces -también los del río del «pero mira cómo beben»- mueren por la boca.