La catedral y el pulpo

OURENSE

CANTONES | O |

21 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

ÉRASE una vez una sociedad que usaba el sentido común para resolver sus diferencias. Que cuando las cosas eran claras, cristalinas, lo eran para todos y entonces todos se unían para conseguirlas. Érase un lugar que protegía las cosas propias que eran de todos y que las hacían grandes. En ese lugar había, entre otras cosas, dos emblemas que exportar al exterior. Una era su maravillosa catedral, protagonista de las turísticas postales y centro neurálgico de las celebraciones de marcado carácter social y religioso. Otra era su gastronomía. Y aunque este lugar no era costa de mar, presumía de cocinar y ofrecer a los comensales el mejor pulpo del mundo. Y por ello era conocido. Era una sociedad en la que los papeles no valían más que las palabras y los sentimientos. Era un lugar en el que cuando todos estaban de acuerdo las cosas se hacían. La catedral estaba tapada por dos edificios. Uno de ellos suponía un ataque frontal contra el buen gusto y una claro atentado contra el patrimonio. El otro acababa de ser abandonado por sus anteriores inquilinos y se encontraba vacío. Y como todo el mundo estaba convencido de la buena oportunidad que supondría su derribo para la catedral, se hizo. Por otra parte, las mujeres encargadas de ofrecer el preciado fruto del mar con tentáculos querían desarrollar su trabajo con normalidad. Cambiar un día por otro para poder llegar a más comensales. Y como ellas querían y eso no suponía ningún mal para nadie, se hizo. Era esa una sociedad en la que las cosas se hacían de corazón, en donde saltaba a la vista lo necesario y lo que no lo era. Era un lugar con problemas, pero capacitada para resolverlos. Ourense quiere ser ese lugar, pero su catedral y sus pulpeiras esperan todavía que el sentido común reine en un lugar en donde los papeles están por encima de todo.