Magosto y botellón

OURENSE

DE REOJO | O |

14 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

DE TODA la vida el magosto ha sido para los adolescentes ourensanos una oportunidad para divertirse y -sí, no nos engañemos- mayoritariamente para emborracharse. Mientras las madres insisten en meter en la mochila del niño (o de la niña) algún chorizo más u otra bolsa de castañas, el chaval piensa en que ya llega tarde a la cita son sus amigos en el 24 horas, donde van a comprar vino de cartón para hacer calimocho y whisky para los cubatas de después. La coca-cola, que es muy agradecida. De toda la vida el día de San Martiño se ponía nublado a partir de media tarde, independientemente del tiempo que hiciera. De toda la vida de los montes bajaban auténticas borracheras andantes cuando la fiesta no daba para más. Imagino que lo que se cuece ahora en los montes, cuando toca magosto, no dista mucho de lo que ocurre en las sedes capitalinas del botellón. Cambia el decorado. La acera deja paso al monte y se mantienen el resto de personajes en la función semanal. No ocurría eso hace años, cuando el magosto era la única oportunidad que tenían en muchos meses los chavales más jóvenes para salir y beber. Luego les tocaría Nochevieja, si había suerte. Pero la borrachera de ese día, del día de los magostos, era algo excepcional. Algo que -en aquel momento no lo sabían, se darían cuenta con el tiempo- acabaría alimentando las anécdotas de la pandilla, de uno mismo. No digo que fuera más sana ni que los cubatas de entonces produjeran menos resaca. Pero era otra cosa. Es probable que los chavales que este fin de semana se mazaron en el monte lo hicieran por pura rutina. Sin los nervios en el estómago de antes, cuando los adolescentes salían de marcha a cuentagotas y buscaban excusas para sus padres en el calendario. Cuando incumplían las normas, con la tranquilidad de saber que sólo lo hacían un par de veces al año.