DE REOJO | O |
07 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.ALGO tiene que estar pasando para que ahora pasen cosas que antes no pasaban. Algo tiene que estar pasando para que haya niños que no quieran ir al colegio. Algo estamos haciendo mal. No nos engañemos: en todas las clases ha habido, siempre, un chapón, un enchufado, un líder, un feo, un guaperas, un gamberro, un gordo, un larguirucho, un tonto, un listo... No nos engañemos: es probable que muchos de ellos hayan tenido que aguantar algún comentario, alguna risa fuera de lugar. Pero, tampoco nos engañemos, es probable que todo eso les ayudara a madurar. Que salieran del colegio -salvo excepciones que en todo caso serían dramáticas- sin traumas y preparados para enfrentarse al mundo. Pero es que nunca hasta ahora se había materializado de tal forma la crueldad de los niños. Y algo tiene que estar pasando porque, al fin y al cabo, las malas personas no nacen, se hacen. No es normal que la humillación se haya convertido en un juego de recreo más. No es normal que resulte más divertido insultar a un compañero que jugar al fútbol en el patio. No es normal. No puede serlo. Sé que los profesores, incluidos los ourensanos, reclaman mayor atención de la administración ante el incremento de la violencia en las aulas. El suyo también es un problema de la sociedad. Pero, lo siento, creo que los niños son prioritarios. Los profesores son adultos, tienen mayor capacidad de maniobra, pueden quedarse en casa, pedir un traslado, plantarse. No tienen por qué llorar escondidos en el baño. Los pequeños son eso, pequeños. No saben cómo tienen que defenderse, no se atreven a responder a los insultos con un «¿y qué?»m no saben qué deben contar en casa, no pueden quedarse en la cama. No hay nada más luminoso que un niño feliz. Nada más oscuro que un niño triste.