Hasta el verano de 1885, cuando Pasteur descubre la vacuna antirrábica, ser mordido por un perro rabioso significaba morir a manos de una de las enfermedades más temidas desde tiempos remotos: la rabia. A pesar del descubrimiento, en los años siguientes hubo problemas para acceder a los tratamientos. Numerosas iniciativas incluían viajes a Barcelona (Instituto Ferrán) y a París (Instituto Pasteur) para poder ser tratados con suero antirrábico. Agradecimiento En «Álbum Literario» se hizo una importante labor de divulgación: «En nombre del padre del niño que fue mordido por un perro hidrófobo en el campo de la feria damos las gracias a todas las personas que de alguna manera trataron de conseguir que su hijo ingresara en el Instituto del Dr. Ferrán, y, muy especialmente, al Ayuntamiento de Orense, que se ofreció a iniciar la suscripción con cien pesetas, las que, afortunadamente, no ha tenido necesidad de utilizarse, renunciando, desde luego, a ese donativo» (17-3-1889). La vacunación antirrábica fue inicialmente administrada por el gabinete de Rionegro y Lino Porto. Años más tarde será asumida por el Laboratorio Químico-Micrográfico Municipal, que abre en 1910 bajo la dirección de José Fernández. En 1930 pasará el testigo a los laboratorios del Instituto Provincial de Sanidad, bajo la gestión de José Luis García Boente.