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22 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.CUANDO en muchas tardes de verano veo que los termómetros de la calle sobrepasan los cuarenta, me uno al grito solidario con aquellos que a ese calor sofocante han de añadir el odioso calor de un monte ardiendo. Y me duelo al pensar en los que luchan contra fuegos provocados que nacen por locura o por maldad. Pensados para dañar, resultan imprevisibles, inabordables e inacabables. Suponen más del 60% de los fuegos detectados en Galicia, son la esencia de esta lacra y requieren, sin demora, un tratamiento adecuado. Pienso que la eficacia demostrada en la extinción oculta, sin quererlo, los aún escasos logros alcanzados en evitar la acción del incendiario. Desde hace muchos años sostengo convencido que el gran esfuerzo, aún no realizado, ha de volcarse en la específica prevención de incendios intencionados. La solución no llegará por añadir más medios de extinción y sí por lograr disminuir el número de incendiarios. A menos incendiarios, muchos menos medios de extinción.