Testimonio | La otra cara de un mendigo Antonio es de Cáceres, aunque en los últimos meses se ha recorrido media España. Durante su vida errante ha llamado en dos ocasiones a la puerta del refugio ourensano
05 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.? las siete y media de la tarde Antonio llega a la puerta del hogar y habla con el encargado. Le dá su nombre para que busque la ficha. Es la segunda vez en su vida que utiliza estas instalaciones. En la primera, hace dos años, acababa de perder su empleo e ingresar en la exigente y peligrosa academia que es la vida de los que no tienen nada, salvo la calle y lo que cabe en una bolsa de plástico y una mochila. Lo cierto es que Antonio no parece un mendigo. Su ropa, aunque no es nueva, tampoco está rota, y va perfectamente limpio. «Yo no bebo, ni siquiera fumo», nos dice cuando le comentamos que no da el perfil que uno espera en un indigente que vive de las limosnas y que la gente suele asociar con personas confictivas y con adicciones. Antonio sabe que este tipo de vida acaba desgastando el cuerpo y la mente. Lo sabe porque lo ha vivido en las horas que comparte en albergues similares, en las que utiliza sólo su mirada para frenar los piques de los que buscan bronca. Lo cierto es que sus ojos impresionan, por lo grandes y por lo tristes. «Tengo 54 años, busco trabajo, voy a sellar la cartilla del INEM, pero ya he perdido la esperanza», afirma resignado cuando le decimos que cualquier día le cambia la vida. Los programas de inserción le suenan a broma. Dice que ya le han contado muchas veces esa historia, pero al final nunca acaba por materializarse. Ni siquiera consigue recibir algún tipo de pensión o ayuda de las instituciones, pese a que lo ha intentado. Afortunadamente Antonio no tiene familia a su cargo, pero tampoco a nadie que pueda ayudarle «porque no iba a estar viviendo siempre de los compañeros», resume en referencia a los de su anterior trabajo. De momento, sobrevive lo más dignamente que puede, con las limosnas que saca pidiendo en la puerta de las iglesias.