O Barco sella un tango de amor

Manuel Félix O BARCO

OURENSE

Crónica | La excepción social del inmigrante El profesor de Química y concejal de Cultura casó en la consistorial a una pareja de argentinos a los que agasajaron engalanando el salón con la bandera de su país

14 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

O Barco habló ayer argentino. Es el segundo municipio con mayor número de inmigrantes de la provincia de Ourense, 1.066 exactamente, y 32 de ellos de la nacionalidad del astro Maradona. Y ayer, en la consistorial de esta villa valdeorresa, el acento argentino retumbaba por un acto social de amor lejos de su patria. Una pareja de argentinos, Federico Rubén Botello, de 29 años, y Carolina Andrea Vercellone, de 27, se entrelazaron las alianzas del matrimonio en una boda civil que presidió y dirigió en todo momento el concejal de Cultura, Eduardo Ojea. El alcalde estaba en Barcelona. Eran las 14.30 horas. Bajo un sol de justicia, a la plaza del Concello llegaba un Mercedes de color blanco, conducido por un funcionario amigo. Los novios se bajaron y comenzaron a arreciar sobre ellos las fotos de sus amigos, que les esperaban. En la calle les saludó el oficiante de la boda. Hacía apenas unas horas que el concejal de Cultura había puesto un examen de Química a sus alumnos del instituto. Y después de esa química de los libros, le tocó la química del amor. El salón de plenos no rezumaba política como otros días. Los colores de Argentina, el azul y blanco con el sol amarillo en el centro, fueron desplegados en una gran bandera, colocada justo en la fachada de la mesa presidencial de la alcaldía. Sobre la mesa había un ramo de flores de claveles blancos y margaritas amarillas y verdosas. También aparecía una nota que decía: «En nombre de todos los que os quieren, felicidades. Córdoba (Argentina)». El teniente alcalde y concejal de Cultura leyó los artículos pertinentes para hacer oficial la unión civil de la pareja, y llegó el gran momento. La niña pequeñita que llevaba los anillos, como suele ocurrir en estos casos, los dejó caer por el suelo, y comenzaron las risas. Al final se encontraron y llegó el «sí, quiero». Eduardo Ojea, casi como una homilía de un sacerdote, les habló de la importancia del matrimonio, del querer y la familia, y remató con una frase lapidaria: «Podéis besaros siempre que queráis». Habían pasado poco más de diez minutos desde el comienzo de la ceremonia, y el tango de amor se había consolidado en O Barco de Valdeorras, lejos de la patria chica.