Crónica | Seguridad con horario de oficina Un vecino de Castro Caldelas abre de noche a patadas la puerta del puesto de la Guardia Civil, entra y luego avisa de que va a curar una mano al centro de salud
04 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Si las plantillas de los cuerpos de seguridad están bajo mínimos y veinticuatro de los treinta y cinco puestos de la Guardia Civil en Ourense cierran sus puertas de ocho de la tarde a nueve de la mañana, alguna vez tenía que aparecer algún atravesado que, con un punto de temeridad y una buena dosis de descontrol o atrevimiento, estupefacientes o alcohol, se colase por la noche en alguno. Ocurrió en Castro Caldelas y el protagonista, no contento con haber echado abajo la puerta con dos patadas, se dirigió luego a un bar de la villa, buscó el teléfono del cuartel y anunció que iba al centro de salud con una herida en una mano. Y buenas noches. La comunicación telefónica, como el puesto de Castro Caldelas estaba cerrado, fue recibida en el cuartel de Trives. El guardia que la atendió, sobre las doce menos cuarto de la noche del miércoles, alertó al primer compañero a quien pudo localizar. Estaba libre de servicio, pero allá fue. Con el lógico cuidado. Desde el bar Alguien, efectivamente, había forzado la puerta. Todo se encontraba ordenado. El intruso no revolvió nada, ni, según parece, llevó efecto alguno. Detenerlo fue, por otra parte, muy fácil. Tampoco trató de esconderse. Había llamado desde un local público. Ni móvil de prepago ni cabina. Se le localizó, descansó toda la noche y ayer se explicó. Primero lo hizo en las mismas dependencias de la propia Guardia Civil y después en el juzgado de Trives. Toxicómano, Ramón B.F., de 34 años, vecino de uno de los pueblos de Castro Caldelas, está a tratamiento de metadona. Y además había tomado unos chupitos de licor café, según explicó ayer, más calmado. De repente, se había acordado de que tenía que hacer una consulta sobre la retirada de su permiso de circulación. Dicho y hecho. Allá fue, ajeno al reloj y a la oscuridad. No le abrían la puerta, claro, le dio dos patadas y entró. Insistió en sus llamadas. ¿Hay alguien ahí? Nada. Se fue. Y confesó. Sin armas ¿Hubiera podido robar objetos de valor? No hay. Tampoco quedan armas en el cuartel. Cada agente ha de llevar consigo su pistola reglamentaria. Y las armas largas se encuentran únicamente en los cuarteles donde existe vigilancia permanente. ¿Y ahora, qué? De momento, se encuentra en libertad. Se le abrirán diligencias por un supuesto delito de allanamiento de morada y será juzgado. Antes, previsiblemente, lo verán los médicos forenses, para analizar y valorar las circunstancias y el estado en el que se encontraba, particularmente la excitación de los efectos del síndrome de abstinencia. Y si el asunto da origen a una sesuda pregunta parlamentaria, algo siempre previsible, el Gobierno negará carencias, repetirá que el despliegue de la Guardia Civil, tanto medios humanos como materiales, es óptimo, rebajará el episodio a anécdota y dejará el mensaje de que quien diga otra cosa es, hala, un mal español. Y punto.