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18 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.EL «Confieso que he vivido» de Pablo Neruda, que de su propia voz oí hace ya tantos años, me ha venido a la mente. Yo también puedo hoy decirme a mí mismo un "confieso que vivo". Es más, puedo pedirle prestada a los versos de Pedro Salinas aquella exclamación igualmente feliz: «Qué alegría, vivir / sintiéndose vivido». Se lo debo al bisturí de un médico. Y se lo dije a éste: que en adelante y sin que él lo supiera escribiríamos al alimón. Como ahora. He recibido ese privilegio apenas cuando me acababa de alegrar en el alma con una noticia que afecta favorablemente a tantos desfavorecidos de la tierra. Un acuerdo sobre exenciones a las patentes farmaceúticas a favor de los países pobres permite por fin a dichos países acceder a terapias asequibles. En Le Monde del 3 de septiembre, se recogían dos comentarios inequívocos. Jong Wook Lee, director general de la Organización Mundial de la Salud, calificaba la ocasión como «un gran paso adelante». Y Bernard Kouchner, cofundador de Médicos sin Fronteras, la consideraba «una victoria enorme de los países en desarrollo». Pero no hay luces sin sombras. La OMS se alarma con el aumento del suicidio, que se da en países tan varios como Suiza o Dinamarca, los del ex bloque soviético o Japón -que, por cierto, disfruta de la esperanza de vida más alta del mundo. Y, por otra parte, en un discurso del 10 del mes pasado, el director general de la Unesco -Koichiro Matsuura- se alarma a su vez ante la clonación humana reproductiva, oponiéndose a la "voluntad de instrumentalizar la genética con fines dudosos, sean comerciales, ideológicos o prácticos". La pesadilla que Aldous Huxley describió en su obra "Un mundo feliz", no permite tampoco precisamente la alegría de la vida, en uno u otro caso rechazada o instrumentalizada.