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28 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.JEAN GIRAUDOUX, aplicando sin duda la metodología francesa cartesiana de las ideas claras y distintas, sentenció que «el deporte es el esperanto de las razas». En sus tiempos, en Estados Unidos, todavía no se podía cómodamente ser negro si no se era boxeador o corredor de fondo. No mucho después, Martin Lugher King podía decir, ante su país y ante el mundo, «hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos como hermanos». El deporte fue el gran nivelador de los colores de la piel en una primera oleada, pero luego esa nivelación ha venido de la mano del folclore y, más en general aún, de la música misma en todos sus orígenes y categorías. Xulio Senra, organizador de la Xornadas de Folclore, decía en La Voz que destacaba que en la pasada edición no hubo ningún problema de convivencia entre los grupos participantes. En el festival de Mérida esa armonía ha bordado el número del más difícil todavía. Una orquesta de músicos egipcios, jordanos, israelíes, palestinos y sirios, interpretó un Concierto de la Paz que quiso ser un canto al respeto entre pueblos tradicionalmente enfrentados.