?os hechos por los que Miguel Adá fue condenado por la Audiencia de Pontevedra tienen su origen en un conflicto originado en una casa de Covelo, en la que este joven residía junto a un amigo. Entonces ya llevaba cerca de diez años en la Benemérita y tenía como destino provisional la localidad de Ponteareas. Según la versión del guardia civil, el 15 de agosto de 1998 descubrió que alguien había robado en la vivienda. Tanto él como su compañero de casa desconfiaban de los supuestos autores y, de una forma que ahora el propio Miguel reconoce como equivocada, fueron a buscarlos. Encontraron a tres y, siempre según la versión del agente, los llevaron a la casa de Covelo en la que residían y les obligaron a devolverle el dinero y los objetos robados. Pero en lo que pasó allí dentro está el origen de todas las acusaciones posteriores. Mientras Miguel afirma que lo único que hizo fue cortar el pelo a uno de los supuestos ladrones y dejar a otro en ropa interior, existen testimonios que lo acusan de esgrimir su pistola en actitud amenazante y llevar a cabo actitudes intimidatorias contra los tres implicados. Testimonios Ocho meses después el agente era detenido y acusado, con los testimonios de aquellas tres personas, de varios delitos, entre ellos detención ilegal, tortura, malos tratos, tráfico de drogas y robo con violencia. Ese mismo día comenzaba un calvario que se iniciaba en las cárceles de A Lama y Logroño. El día del juicio el Ministerio Fiscal solicitó para él una pena máxima de 38 años. A pesar de que la defensa sostuvo que se había formado una «alarma infundada» por la condición de guardía civil del acusado y pidió en todo momento su libre absolución, la sentencia daba por probados los delitos de detención ilegal, robo con intimidación y trato degradante. La condena fueron diez años y seis meses, con un cumplimiento máximo de seis. Hace unos meses el Supremo ratificaba el fallo. La vía judicial estaba agotada.