Las testigas no prosperan

Francisco Ríos Álvarez
Francisco Ríos LA MIRADA EN LA LENGUA

OPINIÓN

La empresaria Carmen Pano, durante su declaración como testigo en el juicio de las mascarillas en el Tribunal Supremo.
La empresaria Carmen Pano, durante su declaración como testigo en el juicio de las mascarillas en el Tribunal Supremo.

Hay una fuerte tendencia a formar femeninos de sustantivos masculinos terminados en -o que designan personas. Se puso de manifiesto, por ejemplo, a medida que la mujer se fue incorporando a profesiones que antes habían desempeñado solo varones. Pero hay nombres que se resisten. Algunos carecen de flexión de género, pero se emplean con determinantes masculinos o femeninos, según se refieran a hombres o a mujeres. Se trata de los nombres comunes en cuanto al género: el bebé y la bebé, este artista y esta artista, una joven y un joven.

 Uno de esos términos que se resisten a tener una forma femenina es testigo. Tampoco lo tiene difícil, pues los usos de testiga son bastante escasos.

  Testigo tiene catorce acepciones, desde ‘señal luminosa’ a ‘testículo’, pasando por el ‘objeto que se intercambian los corredores en las carreras por relevos’. Con todas ellas se emplea como masculino, excepto con las de ‘persona que da testimonio’ y ‘persona que presencia o adquiere conocimiento directo de algo’. Con estos últimos sentidos se distingue el testigo de la testigo.

 Una de las primeras y de las pocas veces que se usó testiga fue en la Gramática castellana (1492), de Antonio de Nebrija. Cuando explica los géneros («aquello por que el macho se distingue dela hembra & el neutro de entrambos»), los clasifica en siete tipos: masculino, femenino, neutro, común de dos, común de tres, dudoso y mezclado. «Comun de dos —dice— es aquel con que se aiuntan estos dos articulos el. la. como el infante la infante, el testigo la testiga». Aunque parece evidente que en ese testiga hay una errata, pues debería ser el testigo la testigo, como «el infante la infante». Curiosamente, los corpus de la RAE registran 394 usos de infanta en 40 documentos del siglo XV, y solo 46 de la infante en 13 textos.

Hoy son raras las apariciones de testiga. Lo emplea algún combativo grupo, como Testigas del Feminismo, o se utiliza para hacer una caricatura de quien lo usa, como un personaje que encarnó en el cine Chus Lampreave, que decía: «Lo siento, señorito, pero yo soy testiga de Jehová y mi religión me prohíbe mentir».