Quiero comenzar agradeciendo a La Voz de Galicia la oportunidad que me brinda para trasladar a sus lectores una reflexión sobre lo que ha ocurrido en Ceuta y, sobre todo, sobre lo que todavía estamos viviendo.
No se trata únicamente de explicar unos acontecimientos. Se trata de dar voz a una ciudad y de intentar transmitir qué sienten y qué piensan hoy los ceutíes después de haber vivido uno de los momentos más difíciles de nuestra historia reciente y uno de los episodios más graves para la seguridad nacional de las últimas décadas.
Los días 30 y 31 de julio nuestra ciudad sufrió una entrada masiva de aproximadamente 80.000 personas, una cifra equivalente a toda la población de Ceuta. Para comprender la dimensión de lo sucedido, basta trasladar esa proporción a Vigo: sería como si, en apenas treinta horas, entraran en la ciudad 300.000 personas.
Todavía hoy calculamos que permanecen en Ceuta alrededor de 10.000 de quienes llegaron durante aquellas jornadas.
Pero, más allá de las cifras, hay una realidad difícil de explicar a quien no la ha vivido: Ceuta dejó, en muy poco tiempo, de ser lo que era. La vida cotidiana se alteró profundamente, la tensión social creció y los servicios públicos y la capacidad de acogida se vieron sometidos a una presión extraordinaria.
La pregunta que hoy se hacen muchos ciudadanos es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente inquietante: ¿Cuándo terminará esto? ¿Cuándo recuperaremos la normalidad perdida?
Porque una sociedad sometida a una situación de esta naturaleza necesita, ante todo, recuperar la certeza de que existe un camino de salida. Y no lo tiene.
Una de las principales reflexiones que considero necesario compartir es que esto no es una crisis migratoria. O, al menos, no puede explicarse ni comprenderse únicamente así. Sería reducir una realidad de enorme gravedad a una sola de sus consecuencias.
Estamos ante una situación que afecta a la seguridad, a la convivencia, al funcionamiento de los servicios públicos y a la actividad económica. Pero, sobre todo, afecta a la integridad territorial y a la soberanía de nuestro país.
Por eso he sostenido que Ceuta vive una crisis existencial y una crisis de Estado. Una situación que trasciende el ámbito local y tiene una dimensión nacional y europea. Ceuta es territorio español y frontera exterior de la Unión Europea. Lo que ocurre en Ceuta no termina en Ceuta.
También es inevitable preguntarse quién está detrás de lo ocurrido. Mi convicción, basada en los indicios conocidos y en los precedentes existentes —ya nos pasó en mayo del 2021—, es que Marruecos ha utilizado nuevamente el control fronterizo y la presión migratoria como instrumentos al servicio de objetivos políticos.
No se trata de alimentar enfrentamientos ni de renunciar a unas relaciones de buena vecindad que son necesarias. España y Marruecos deben aspirar a mantener una relación estable y constructiva. Pero una buena relación exige una condición imprescindible: el respeto. Y el respeto empieza por respetar las fronteras, la soberanía y la integridad territorial.
Creo, asimismo, que es necesario conocer la verdad de todo lo ocurrido. En los días previos existían señales de alarma y desde la ciudad trasladamos nuestra preocupación a las instituciones competentes, reclamando medidas y mecanismos extraordinarios.
La pregunta es inevitable: ¿Por qué no se actuó con mayor anticipación? ¿Por qué, después del precedente del 2021, no existía o no se aplicó un protocolo suficientemente eficaz para responder de manera inmediata?
No planteo estas cuestiones para alimentar la confrontación, sino porque Ceuta y los ceutíes tienen derecho a conocer la verdad. La lealtad institucional es fundamental, pero empieza por defender el interés nacional, la soberanía y la integridad territorial de España.
Por encima de cualquier debate, hay una prioridad que no admite demora: Ceuta tiene que volver a la normalidad.
Los ceutíes necesitan recuperar la tranquilidad, el sosiego y, sobre todo, la esperanza. Para ello, considero imprescindible que las personas que entraron irregularmente de manera masiva los días 30 y 31 de julio y permanecen todavía en nuestra ciudad regresen a sus países de origen, de acuerdo con la ley y mediante los mecanismos que correspondan.
Ceuta ha demostrado siempre su capacidad de acogida y solidaridad. Pero una ciudad de poco más de veinte kilómetros cuadrados y con enormes limitaciones estructurales no puede soportar indefinidamente una situación de esta magnitud.
Esta crisis debe marcar un antes y un después. El Estado no puede replegarse en Ceuta. Debe reforzar su presencia en defensa, seguridad, sanidad y educación, y Europa debe comprender definitivamente la singularidad de Ceuta como frontera terrestre europea en África.
Defender Ceuta no significa únicamente proteger sus fronteras. Defender Ceuta significa garantizar su futuro.
Quiero terminar con un agradecimiento. A nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, a las Fuerzas Armadas, a los sanitarios, a los voluntarios y a todos los trabajadores públicos y ciudadanos que han dado un ejemplo de responsabilidad y entrega. Y también a los medios de comunicación por poner el foco en Ceuta y ayudar a que España comprendiera la trascendencia de lo que aquí ha ocurrido. Estoy convencido de que saldremos de esta situación. Nuestra gran fortaleza es el pueblo ceutí y también el respaldo de España.
Ceuta no se vende, Ceuta no se rinde, Ceuta se defiende. Porque Ceuta es España, por su historia, por su derecho y, sobre todo, porque así lo sienten sus ciudadanos, recen como recen y se llamen como se llamen.