Allá por abril, los medios, la conversación pública, la comidilla que se servía en ese laboratorio social al que por aquí llamamos bares, estuvieron monopolizados no pocos días por la nave Orión. Sí, esa que se acercó a la Luna, dio un par de vueltas, sacó unas fotos, y se volvió por donde había ido. Por tierra, mar y aire se nos vendía el producto de evento «histórico» y no sé cuántas hipérboles más. La máquina de facturación de experiencias inolvidables estuvo a punto de colapsar. Recordé, entonces, cuando en 1969, y unas cuantas veces más, los tripulantes de las Apolo iban a la Luna, reposaban la máquina en ella, salían, se daban un garbeo, despegaban y volvían. Parecía tan sencillo que tal vez por eso todavía hoy hay más de uno cree que fue un montaje audiovisual de la NASA y Hollywood. Y todo aquello se consiguió con una tecnología tan primitiva que hoy sería superada por la de un móvil.
Por la misma época, un brillante a la par que excéntrico pensador francés, Guy Debord, puso en circulación una etiqueta de éxito académico notable. Llamó a la de los sesenta «sociedad del espectáculo»: experiencias impactantes colectivizadas a través de prensa, radio y una televisión incipiente. Se suponía que ello implicaba más cultura de las formas que de los fondos, más esmero en los envoltorios que en los significados. Se entronizaría la apariencia y el ciudadano mutaría en un consumidor de estimulación, un adicto a sensaciones fuertes, novedosas, complejas y variadas.
En la misma década, un brillante psicólogo neoyorquino, Marvin Zuckerman, comienza a publicar sus trabajos sobre un perfil de personalidad que con el tiempo ha sido enormemente fructífero en el análisis de cierta criminalidad, de algunos modos de ir por la vida, de muchas adicciones, aficiones y preferencias laborales, etcétera. Me refiero a los buscadores de sensaciones, tipos que consumen estímulos, emociones y experiencias como si no hubiera un mañana. Y que solo temen a un enemigo: el aburrimiento. A mi juicio, hemos llegado a uno de esos puntos en los que, como la psicología y otras ciencias sociales han advertido, ciertas características individuales, incluso patológicas, se hacen tan prevalentes que se produce un salto de escala: aquello que caracterizaba a unos individuos singulares pasa a ser emblema de una sociedad, de una época. Lo que era una pulsión individual se socializa, se contagia y se extiende como marca generacional.
Pensé en esto a raíz del reciente eclipse solar. Durante semanas, medios y redes sociales operaron como camellos de la atención pública, inyectando dosis masivas de expectación a todas horas en todas partes. A un servidor le pareció que los histriónicos esfuerzos de muchos presentadores, animadores, que aquella tarde colonizaron las programaciones televisivas, en su meritorio afán de transmitir la emoción bordearon durante horas el ridículo, a fuerza de un cosmoromanticismo impostado. Ello se hizo muy patente en aquellos corresponsales enviados a zonas en las que el gran evento cósmico derivó, como mucho, en el genial gag de Les Luthiers en el que, parodiando la música popular brasileira, resumió el efecto de los andares de una joven de anchas caderas por Copacabana como un leve «oscureçemento».
Detecté en muchos boomers reacciones parecidas a la mía. Vaya usted a saber si ello tendrá algo que ver con efectos retardados del bachillerato de entonces. Aprendimos con naturalidad que el Sol y la Luna andan a sus cosas en el espacio, y que de vez en cuando les cuadra ponerse en fila con nosotros. Sin más. Sin forzar la máquina. Sin la urgencia de convertir todo lo que se deje en historia. Entre otras cosas, porque una de las marcas de esta época de «modernidad líquida» (Bauman) es el consumo rápido e intrascendente de todo aquello que sea susceptible de convertirse en mercancía de usar y tirar. De la nave Orión ya no se habla. Del eclipse, casi tampoco. Originó muchos millones de likes y muchos más de euros. Para el mercado, ya cumplió, y a otra cosa. Otro señuelo aparecerá en el escaparate. Mientras, la tierra tiembla por todas partes. Cualquiera diría que está cabreada. O que sufre un ataque de cuernos cósmico. Quizá fuera bueno que no viéramos tanto hacia arriba y lo hiciéramos más hacia abajo y a los lados. Tal vez así podamos cambiar un ratito el asombro, el éxtasis por el espacio exterior, por la constatación de una Tierra que se achicharra, que se cuece en sus propios jugos, mientras se inunda de plásticos y C02.
Todos sabemos aquello de que, cuando alguien señala con el dedo a la luna, el tonto es el que mira al dedo. Los tiempos han cambiado tanto, que tal vez eso ahora no sea cierto del todo.