Navegar por Internet, y especialmente por redes como Instagram y TikTok, es una actividad de alto riesgo. Las plataformas, que nacieron como una vía para relacionarse con los amigos y compartir recuerdos o experiencias, se han vuelto una selva en la que es casi imposible distinguir lo real de lo inventado o manipulado. Llevamos tiempo viendo páginas clonadas de medios serios en los que famosos explican cómo se han forrado con las criptomonedas; miles de vídeos con remedios pseudonaturales, sin ninguna base pero con una forma de comunicar que apabulla y convence; falsos vídeos en los que Lamine dice que se va a jugar con Marruecos. Y lo vemos con los incendios: que si los ecologistas no dejan que los agricultores limpien el monte —cuando la ley obliga— que si los fuegos son provocados para montar plantas fotovoltaicas y eólicas, siempre energías limpias —cuando la ley prohibe cualquier actividad en zonas quemadas en 30 años—, que si la sequía la provoca el Gobierno con aviones que sueltan unos químicos que disipan las nubes. Ya no hablemos de las imágenes de unos supuestos vecinos que, ante la falta de medios, deciden pelear contra el fuego con ramas. Imágenes que, en realidad, son de Argelia.
Además, el bulo ha dado un salto de calidad con la inteligencia artificial. Ya no escuchamos audios manipulados, vemos vídeos. En muchos de ellos, está clara la mano de la IA, pero en otros queda la duda. Con la velocidad a la que avanza esta tecnología, tan útil en otros ámbitos de la vida, en cuestión de meses estaremos superados. Nos encontraremos con millones de cuentas anónimas difundiendo millones de videos ante los cuales el ojo humano no sabrá discenir si son verdad o no.
Los gobiernos tímidamente han empezando a limitar el acceso de los más jóvenes pero el contenido falso seguirá ahí. La pelea es tan desigual como la que estos días se libra contra los incendios. Miles de influencers, portales, bots... difundiendo todo tipo de falsedades que se viralizan de la mano del algoritmo. Y sin ninguna limitación ni consecuencia, ni obligaciones como las que sí afrontar los medios tradicionales, que deben rectificar e incluso pagar elevadas indemnizaciones si se equivocan.
Si en la lucha contra el fuego cada propietario debe tener sus fincas ordenadas y limpias, en la pelea para apagar el bulo el remedio va a estar en el sentido común y la capacidad crítica de cada uno de nosotros. La propia IA da una pista: «Si un contenido te provoca una reacción emocional inmediata e intensa (miedo, indignación o euforia) y te pide expresamente ‘‘compártelo antes de que lo borren’’ hay un 99 % de probabilidad de que sea un bulo».