Por alguna razón, Luis De la Fuente siempre me ha recordado al personaje que interpretó John Wayne en Un hombre tranquilo. Metódico, calmado, amable, culto, y a la vez, fuerte —solo hay que ver sus hombros y sus brazos— y trabajando en el gimnasio diariamente con autodisciplina. Como un aviso a navegantes de que preferir evitar conflictos no implica no estar listo para ser un enemigo temible si llega el caso. Para los que no hayan visto la película —nominada a siete óscar—, se trata de un clásico de John Ford sobre un boxeador medio irlandés y medio americano, que regresa a su lugar de origen en un pequeño pueblo costero irlandés —que podría ser gallego— en busca de paz. Como en la vida real, las cosas no son tan fáciles como se imaginaba. Seguramente, cuando De la Fuente empezó su carrera de entrenador, sabía que a veces hay temporadas en blanco, momentos en los que los entrenadores desaparecen del escaparate de los clubes y los representantes, y les atenaza la duda de si alguien los llamará en algún momento o si su carrera se ha acabado. Tampoco tengo muchas dudas de que su perfil lo hace atractivo para un puesto en las etapas de formación, como afortunadamente los responsables en la Federación Española de Fútbol entendieron en el 2012 cuando respondió a un simple anuncio en el periódico, después de que pasase más de un año en paro. Lo curioso es que en lugar de estancarse en una categoría, poco a poco haya ido ascendiendo junto con muchos de los jugadores a los que fue convirtiendo en campeones de Europa sub-19 (en 2015) y sub-21 (en 2019), además de plata en los Juegos Olímpicos de Tokio y que de nuevo, casi de rebote, después del fiasco de Catar, un viejo conocido de la afición deportivista, José Francisco Molina ?en aquel momento, director técnico de la RFEF? lo recomendase para dirigir a la Roja. Seguramente, lo que se buscaba era poder tener un tiempo de tranquilidad después de los episodios turbulentos que había pasado el banquillo de la selección hasta encontrar a un candidato mediático, pero el entrenador que lee a Marco Aurelio hizo lo impensable. Siguió tranquilo. Asumiendo que aunque nadie te pueda garantizar el resultado, «con determinación y decisión, estás más cerca de conseguir algo». Aplicó una visión estoica a la selección, leyéndola como un todo interconectado y regido por un orden racional. A partir de esta concepción, aplicó su filosofía práctica, basada en la aceptación del destino, el dominio de las propias emociones y el compromiso con el bien común. Y logró un equipo de jugadores comprometidos, solidarios como una familia. Un equipo al que ha llevado a un cuerpo técnico y a unos jugadores que además de sus cualidades técnicas unieran una característica fundamental: ser buenas personas, confiables para su filosofía de vida y de juego. Es posible que no tuviera que levantar la voz. O tal vez lo haya hecho alguna vez, pero si los que lo rodean son listos, habrán minimizado esas ocasiones, porque como escribió Patrick Rothfuss en la segunda novela de la trilogía fantástica El asesino de Reyes, hay tres cosas que un hombre sabio debe temer: «La tormenta en el mar, las noches sin luna y la ira de un hombre amable.»