Aves de rapiña

Javier Armesto Andrés
Javier Armesto CRÓNICAS DEL GRAFENO

OPINIÓN

Un pasajero espera con su maleta el embarque de un vuelo en el aeropuerto de Fráncfort.
Un pasajero espera con su maleta el embarque de un vuelo en el aeropuerto de Fráncfort. RONALD WITTEK | EFE

Pensábamos que el Parlamento Europeo, como otras instituciones comunitarias, era un cementerio de elefantes: un balneario en el que los rebotados de la política nacional iban para pasar el tiempo y hacer caja mientras no encontraban una puerta giratoria apropiada para sus capacidades y necesidades crematísticas. Pero eso era antes. Ahora van directamente a sus escaños para legislar en contra de los ciudadanos y a favor de las multinacionales, como acabamos de comprobar con la decisión de eliminar el derecho a llevar una maleta en la cabina del avión sin coste para el pasajero. A partir de ahora, las aerolíneas la cobrarán en el precio del billete —es decir, añadirán un plus—, y con el recochineo de que si renunciamos a llevarla nos harán un descuento. Como los eurodiputados son tan listos, no han fijado ni lo que tendremos que pagar por trolley, ni lo que nos ahorraremos si vamos con lo puesto. Quedará al albur de los piratas del aire, pero actualmente la mordida de algunas compañías llega a los 75 euros por pieza y trayecto. Imaginemos una familia de cuatro miembros, viaje de ida y vuelta, y multipliquemos.

Nadie coge un avión para ir al supermercado, sino para cubrir grandes distancias y, en muchos casos, largas estancias. Llevar las pertenencias en una maleta de cabina, que ya tiene unas medidas compactas, no es un privilegio ni algo por lo que debamos abonar un extra. Decretar que el pasajero solo tiene derecho a un pequeño «artículo personal» gratis, como una mochila —40 x 30 x 20 centímetros— o una funda de ordenador es un abuso.

Cuando uno viaja en avión con relativa frecuencia le empiezan a pasar cosas: descubre cómo es pasar toda la noche en un aeropuerto porque el avión anterior llegó tarde y tu compañía no se hace cargo; la humillante lotería de las víctimas del overbooking en la puerta de embarque; hacer cola durante una hora ante la oficina de atención al cliente y que cuando por fin llegas a la ventanilla te digan que no pueden solucionar nada y que llames a un número de teléfono. También se puede dar el caso contrario, como me ocurrió tras un vuelo de catorce horas que llegó con retraso e hizo perder el enlace a muchos pasajeros. Al salir del finger había un ejército de empleados repartiendo las tarjetas de su nuevo vuelo a cada afectado. Pero eso era en el Lejano Oriente, donde las cosas cada vez funcionan mejor, no como en Europa.