¿Para cuándo un escudo digital para la infancia?

Adrián Vázquez Lázara EURODIPUTADO DEL PPDEG

OPINIÓN

Un grupo de jóvenes con sus teléfonos móviles.
Un grupo de jóvenes con sus teléfonos móviles. MONICA IRAGO

En Toy Story nos emocionamos viendo cómo la infancia se apaga cuando un niño crece y deja atrás sus juguetes. Hoy, por desgracia, el apagón apenas dura diez minutos: el tiempo que tarda el juguete en salir de la caja y deja de ser una novedad y la atención del menor vuelve corriendo a una pantalla. Según la Fundación Gasol, los adolescentes pasan una media de cuatro horas y cinco minutos diarios frente a un dispositivo, y los menores de 12 años, dos horas y quince minutos; cifras que se disparan los fines de semana hasta las cinco horas y media y casi cuatro horas, respectivamente.

Padres y educadores libran esta batalla por la atención de los menores cada día. Pues, aunque nadie duda de que internet es una oportunidad de aprendizaje, socialización y conocimiento, también es una fuente inagotable de riesgos. Un lugar donde proliferan contenidos inadecuados, ciberacosadores, algoritmos diseñados para enganchar y una huella digital que condiciona el futuro de un menor antes de que ni siquiera pueda entenderlo.

El enfoque con esta problemática es sencillo: igual que un coche es un medio de transporte extraordinario en manos de quien sabe conducirlo y un peligro público en manos inadecuadas, un smartphone es una ventana abierta a un mundo que para ser procesado requiere maduración y preparación. No se trata, por tanto, de demonizar la tecnología, sino de no dejar a los menores solos frente a un ecosistema que escapa fácilmente al control familiar y escolar.

En esa línea, durante generaciones les enseñamos a cruzar por el paso de peatones y a no aceptar caramelos de extraños. Es el momento de asumir que también existen calles, plazas y callejones digitales donde se juega, se hiere y, a veces, se destruye. Sin control, la red es la jungla para los más pequeños. Y pasar cinco horas al día en la jungla es una autentica temeridad.

Por todo ello, la Xunta tiene previsto aprobar antes de fin de año una Lei de Violencia e Acoso Dixital, pionera frente al ciberacoso y la difusión no consentida de material sexual. A ella se suma el plan de la Consellería de Educación para sacar los móviles personales de las aulas y los recreos, sustituyéndolos por dispositivos educativos con contenidos filtrados y un uso orientado al aprendizaje.

Ese enfoque conecta con el debate que está teniendo lugar en Bruselas. La verificación de edad y el etiquetado de contenidos, el freno al diseño adictivo, el descanso digital obligatorio, la prohibición de redes sociales antes de los 14 años y la autorización paterna hasta los 16 son cuestiones que en Europa ya han pasado a formar parte del día a día legislativo.

El mensaje de fondo es claro: es el momento de desplegar, con el apoyo de expertos, familias y educadores, un autentico escudo para proteger a los más pequeños. No se trata de tratarlos como incapaces, sino de reconocer a los menores como sujetos de derechos que, mientras crecen, necesitan orientación, protección y presencia. En definitiva, se trata de extender la actual protección que los menores disfrutan en la calle a la red.

Nos corresponde a los poderes públicos facilitar ese ejercicio: legislando las nuevas realidades y dotando a quienes están en primera línea —padres y docentes— de las herramientas adecuadas.

Proteger a la infancia en internet es una responsabilidad compartida que exige concienciación y voluntad política. Los menores no pueden esperar a que los adultos terminemos de entender la tecnología: ellos ya crecen, ya se conectan, ya se exponen.