Envidio al presidente del Gobierno. A este muy en concreto, pero también a otros anteriores. Y no por lo supuesto. O sea, no por su alta representación. No por su coche oficial. No por su agenda. No por su mandíbula. No por levantar el teléfono y poder conversar con las personas más inteligentes del planeta. Qué va. Envidio al presidente por su flema. Por su correa, vamos. Que a veces declina en cuajo. Sentí antes una envidia parecida con Rajoy. El día de la moción de censura, cuando nos presidió durante un rato el bolso de Soraya y él se pasó ocho horas en el restaurante Arahy comiendo salmorejo, anchoas de Santoña y solomillo de vaca gallega. Qué tipo. Quién tuviera esa sustancia. Tu carrera política por el desagüe y tú trasegando un buen whisky en el reservado de un mesón y ajeno al barullo. Todo un sueño para quienes soportamos una factura de ansiedades y culpabilidades que corromperían el salmorejo nada más avistarlo. Ahora, los dardos de mi pelusa se dirigen hacia Pedro Sánchez. Se ve que la cosa pinta tirando a fatal y el hombre se va a ver al papa y dice que no convoca elecciones porque iba a arrasar y eso sería ventajismo y esas cosas él no las hace, vaya por Dios. Impresionante. Si lo piensa de verdad, impresionante. Y si fue un chiste, más impresionante todavía. O en argot Rufián: si es verdad, una mierda, y si es mentira, una mierda aún mayor. Quién pudiera hacer algo así, mi madriña. Mantener esa convicción en una misma. Permanecer firme, calmada y ajena al huracán, extraña a la debacle, al cataclismo, al caos. O cultivar un sentido del humor a prueba de UCO, como los músicos del Titanic y su obstinada profesionalidad, indiferente a la pura muerte.
Aunque quizá sea justo esa forma de ser la que permite llegar a presidente. Esa flema. Ese cuajo. Ese humor. Qué envidia.