Cualquier líder tecnológico podría soñar con pronunciar algún día un discurso tan inspirador como aquel que consagró a Steve Jobs en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford allá por el año 2005. «Mantente hambriento, mantente insensato», proclamaba el creador de Apple para espolear a los muchachos recién licenciados a perseguir sus sueños en cualquier circunstancia y a no doblegarse nunca cuando las cosas viniesen mal dadas, como le sucedió a él. Hace unos días, el exdirector ejecutivo de Google Eric Schmidt subió al estrado de la Universidad de Arizona con ánimo de alumbrar el camino para los jóvenes que salen, con su diploma recién sellado y un currículo por estrenar, a un mundo que no es el del 2005 y que vive una revolución industrial, la de la tecnología, en un terreno inexplorado. Schmidt, acicalado con toga y birrete para la ceremonia, intentaba aleccionar a los estudiantes sobre del auge de la inteligencia artificial y el impacto que esta tendrá en los puestos de trabajo, pero se encontró la reacción adversa y hostil del auditorio cada vez que la IA era nombrada. En lugar de aplausos, escuchó abucheos de aquellos que observan con temor la gestión de los magnates de Silicon Valley y sus augurios de un destino automatizado e inevitable. «La IA dará forma al mundo», vaticinaba Schmidt con vocación de gurú, pero solo escuchó pitidos.