Resulta perturbador la facilidad con la que un colectivo se aproxima al abismo, que todos a su alrededor lo observen, que sepan que al fondo del abismo solo habita el desastre y que, a pesar de todo, ese colectivo se lance.
Contra esa quiebra en la aceptación de las reglas del causa-efecto trabajaban con ahínco las madres, capaces de aproximar los deditos del hijo a una estufa ardiente para que entendiera bajo control que el que juega con fuego, se quema.
Cuando la campaña del brexit, no había que ser el director de The Guardian para saber que buena parte de los argumentos de los separatistas eran un montón de porquería apilada sobre mentiras, alguna flagrante. No importaba, en realidad, porque, como ahora con Trump, la realidad y el relato responsable sobre la misma han dejado de tener importancia. Ahora, además, siempre se le puede echar la culpa a la IA, que lo mismo sirve para que alguien que parece yo haga cosas que yo no he hecho, como para decir que cosas que yo he hecho y que me gustaría no haber hecho en realidad las ha hecho alguien que parece yo pero que no soy yo.
En esa dinámica que tan bien entendió Trump cuando dijo que podía salir a la calle, liarse a tiros y aún así ganar las elecciones, estamos. Estaba claro el desastre mayúsculo que iba a provocar una mente así, estaba clara la cercanía del abismo, que al fondo solo hay dolor, pero aún así un número terrorífico de personas se lanzaron.
Hoy, una mayoría apabullante de británicos creen que el brexit fue un error. Se ha acuñado de hecho un neologismo alternativo, el bregret, y cunde la idea de que volver a la UE podía ser una buena idea.
Aquí estamos en una fase previa, pero es igual de fácil ver que nuestro abismo está en Vox. Después solo podremos decir, agora xa foi, marica non chores.