Acabar con los ayatolás

Yashmina Shawki
Yashmina Shawki CUARTO CRECIENTE

OPINIÓN

Dilara Senkaya | REUTERS

02 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Al igual que no se puede matar mosquitos a cañonazos no se puede lograr el cambio de un régimen tan organizado como el iraní tan solo asesinando a su líder. Cierto es que el Gobierno de los ayatolás no goza de ninguna simpatía ni en el ámbito internacional ni en el entorno de Oriente Próximo y Oriente Medio. Es más, los bombardeos quirúrgicos llevados a cabo por Israel el año pasado para acabar con sus próxis en la región han dejado a este régimen prácticamente aislado y sin aliados. Paradójicamente, es posible que el único beneficio del ataque estadounidense-israelí sea que se produzca una desvinculación religiosa de la identificación nacional de gran parte de la población de esta región. De hecho, el vecino Irak, que cuenta con una mayoría poblacional chiita —aunque no hay cifras oficiales fidedignamente contrastadas se calcula que entre el 60 y el 70 %—, y cuyo Gobierno está liderado por un partido de esta tendencia, se ha ido deshaciendo de la influencia de Teherán.

Irán no es el régimen de los ayatolás sino todo lo contrario. El desapego, por no decir odio, que la gran mayoría de los iraníes siente por el sistema opresivo de esta retrógrada teocracia se ha demostrado fehacientemente en el número de víctimas mortales provocadas por las fuerzas de seguridad para aplacar las manifestaciones iniciadas en diciembre del año pasado.

Sin embargo, una dictadura religiosa de 47 años se sostiene por una infraestructura de Gobierno muy organizada y en unas fuerzas de seguridad, sobre todo, la Guardia Revolucionaria, integrada por más de 125.000 efectivos totalmente fieles al líder supremo. Más aún, cuenta con el apoyo de los millones de personas que se benefician directamente de su corrupción y aquellos que, creen de manera honesta en que la teocracia es la única forma de gobierno correcta. Las declaraciones de Trump de que el objetivo de sus bombardeos es facilitar el camino a la población para que acabe con el régimen de los ayatolás, se plantean como una utopía irrealizable. Sin una oposición política estructurada y sin unas fuerzas militares que apoyen a los que quieren acabar con la teocracia, cualquier esfuerzo civil está abocado al fracaso y a un baño de sangre. La única posibilidad que tienen los iraníes es lograr el apoyo de los líderes militares y religiosos para que se produzca un cambio. Veremos si tras el humo de las bombas se esconde algo más que la ambición por controlar la producción de una de las mayores reservas de petróleo del mundo.