El protagonista del 23F se murió el mismo día en el que se desclasificaron los papeles sobre aquel intento de golpe de Estado ultraderechista. En grupos conspiranoicos de Telegram o en algún canal de iluminados de YouTube o TikTok se frotaron las manos con la coincidencia. Se inventaron causalidades, manos negras y todo tipo de conjuras.
La desinformación es una plaga para nuestra sociedad. El último ejemplo es el desmentido sobre el estado de salud de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno tuvo que salir al paso de una noticia que no lo era, que no tenía base alguna, salvo el simple hecho de que no había dicho de forma oficial que era falsa. Es un planteamiento clásico de los difusores de bulos: todo vale, si algo es probable, a ellos no le importa que no sea cierto.
El mejor ejemplo es el caso de los llamados «therians», el fenómeno viral llegado del otro lado del Atlántico y que tiene tanta sustancia como una gaseosa de marca blanca. Fue creado y diseñado para circular e impactar en las redes: si ves tres vídeos de ellos, el algoritmo te mostrará mil más. Y cuando toca tierra en el mundo real, se pincha el globo: solo hay desilusión, frustración y sensación de estafa. Lo mismo le pasó a Carmen, la mujer de Tejero, en la noche de la intentona golpista de 1981. Vio por la tele la escena de su marido y le contó por teléfono a media España que lo habían dejado «tirado como a una colilla». Al Congreso no llegó la «autoridad militar competente» que esperaba. Tampoco ningún «therian».