Rosa, Pilar, María del Carmen o Petronila han quedado reducidas a un número, pero tenían una vida, eran madres, hijas, hermanas, soñaban con un futuro... No estaban en edad de morir ni sufrían una enfermedad grave, pero ahora forman parte de ese número terrorífico que los medios de comunicación damos como un dato económico, como una cifra vacía, que suma 1.353 mujeres muertas a manos de los hombres desde que hay registro (2003). Son feminicidios que desbordan cualquier número impactante de víctimas por accidentes, por desastres naturales o por terrorismo (ETA asesinó a 853 personas en toda su historia), que tanto nos espeluznan. Y, sin embargo, la movilización social se reduce a un aplauso en la puerta del ayuntamiento de turno cada vez que matan a una mujer. No hay reacción, se habla, se vota y se debate de lo anecdótico, cuando lo que de verdad importa es que las mujeres españolas siguen enfangadas en el odio y la violencia. Ahí sí se necesitan recursos, dinero, un seguimiento riguroso de las denuncias, psicólogos, educación en igualdad desde la infancia, en los medios, tolerancia cero de los abusos en cualquier ámbito (laboral y familiar) para que Rosa, María del Carmen, Pilar o Petronila no sean una cifra desdibujada en otro informe burocrático más. Es insoportable el silencio, la desidia y la invisibilidad. Las mujeres españolas sí que tienen un burka puesto.