A zar, sustancias peligrosas, experiencias de riesgo, videojuegos, móviles, redes... Seguro que conocen algún caso de persona adicta. ¿Creen que le hace bien esa dependencia? La respuesta, salvo en escasísimas excepciones, es fácil: no.
¿Por qué retorcemos entonces el debate sobre las limitaciones del uso de las plataformas de social media? Es un hecho incontestable que hay un consumo excesivo. Tampoco hay duda sobre sus consecuencias negativas para la salud mental o la convivencia pública (ampliamente documentadas y reconocidas por las propias compañías, sobre todo para las personas vulnerables y para los jóvenes). Y por supuesto en España no tenemos ningún interés estratégico en el éxito económico de los multimillonarios broligarcas estadounidenses, salvo los afines al trumpismo. Los mismos que buscan fortuna en la política con bulos, violencia verbal, propaganda y sin hacer «absolutamente nada» (como bien dijo recientemente el maño Tomás Guitarte).
¿Hay que limitar el uso de las redes? Sí o sí. ¿Puede aplicarse de forma fácil una barrera de edad? Técnicamente no, pero lo realmente importante es señalar que pueden ser dañinas. Y que la gente sea consciente que llevar cinco horas de TikTok o Instagram a las diez de la mañana es síntoma de que algo va mal, muy mal.