La huelga de los médicos y su ética

Julia Arca y Almudena González MÉDICAS DEL CHUAC Y DELEGADAS DE MÉDICOS UNIDOS POR SUS DERECHOS (MUD)

OPINIÓN

María Pedreda

30 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Durante el último año ha estado sobre la mesa la reforma del estatuto marco —la norma básica que regula a los trabajadores del Sistema Nacional de Salud (SNS)— en el que se engloba tanto a profesionales sanitarios como no sanitarios. La negociación en la mesa sectorial de Sanidad se lleva a cabo entre sindicatos, que representan al conjunto de profesionales del SNS, y el Ministerio de Sanidad, lo que diluye las reivindicaciones de la profesión médica debido a que apenas representamos el 22,5 % de la fuerza laboral del sistema. Los médicos carecemos de capacidad real de influencia y no podemos defender nuestros intereses profesionales.

Es evidente que la medicina conlleva una responsabilidad especial en la atención sanitaria, además de una complejidad y especificidad que respaldan la necesidad de contar con un estatuto propio donde negociar nuestras condiciones laborales, y en el que se recojan nuestras necesidades, que repercutirán en la mejora de la asistencia para los pacientes. Entre nuestras reclamaciones eternamente desoídas está acabar con las guardias de 24 horas, una petición que —a pesar de que el Ministerio de Sanidad anuncie de cara a la galería su limitación a 17 horas— continúa plenamente vigente porque se siguen contemplando en la letra pequeña de la reforma. Resulta difícil explicar a la sociedad que, en pleno siglo XXI, la seguridad de sus vidas dependa de profesionales obligados a trabajar hasta 96 horas semanales —frente a las 37,5 del resto de colectivos— en condiciones de agotamiento y asumiendo decisiones de alta complejidad. Atender cansados, sin tiempo y sin recursos no es ejercer buena medicina y pone en peligro a los pacientes y la sanidad pública.

La situación es especialmente dramática en la atención primaria, pilar fundamental del sistema, que hoy sufre un colapso estructural. Las agendas saturadas impiden una atención de calidad y disuaden a los jóvenes facultativos de especializarse en Medicina Familiar y Comunitaria, lo que compromete el relevo generacional y el futuro de la asistencia.

Los médicos hemos dicho basta. El rechazo del Ministerio de Sanidad a atender nuestras reclamaciones nos ha obligado a convocar una huelga para terminar con los abusos. ¿Puede un médico defender una huelga sin traicionar su vocación? La pregunta es incómoda, pero imprescindible. Como señala Saad Javed en una de las revistas científicas de mayor prestigio internacional (The Lancet), la huelga es un derecho laboral reconocido universalmente, aunque en el ámbito de la medicina entra en tensión directa con nuestras obligaciones éticas hacia los pacientes. Precisamente por eso, esta protesta no es un gesto frívolo ni corporativista, sino un recurso excepcional al que solo acudimos cuando todos los canales de diálogo han fracasado. Ningún médico ignora que una huelga implica molestias y una disminución de la actividad asistencial. Sin embargo, la inacción no es una posibilidad, porque la situación actual ya está causando perjuicios a los pacientes. Las guardias, las jornadas extenuantes, el colapso de la atención primaria y unas agendas humanamente inasumibles no solo erosionan la salud física y mental de los profesionales, sino que comprometen directamente la seguridad, la calidad y la dignidad de la atención que reciben los ciudadanos.

No se trata de utilizar al paciente como rehén, sino de evitar que continúe siendo la víctima silenciosa de un sistema que ha normalizado la precariedad. Los médicos queremos garantizar la mejor atención en los próximos años, porque el objetivo final de esta profesión siempre ha sido, y será, la defensa de la salud de la ciudadanía. En este contexto, defendemos la huelga —garantizando siempre la atención urgente y la seguridad del paciente— como último instrumento disponible para ser escuchados y conseguir cambios reales. A veces, detenerse es la única manera de evitar que la sanidad pública continúe avanzando, exhausta y sin rumbo, hacia un deterioro irreversible.