Florentino Pérez, el presidente del Real Madrid, nunca pierde. Lo suele decir Javier Tebas. Y si lo hace, niega la derrota con todas las armas a su alcance. Por ello está enfrentado a todo el mundo. Da lo mismo el Barcelona, que la UEFA, que la Federación, que la Liga, que los árbitros...
A sus 78 años, está entrando en la recta final de su ciclo vital. Energía parece que no le falta, pero si algo se le ha agudizado con el paso de los años es su intolerancia y su escasa empatía con el entorno que le rodea. El pasado lunes despidió a Xabi Alonso, a quien abandonó en su pulso con algunos futbolistas desde casi el principio. Cierto es que Florentino nunca ha creído en los entrenadores y a todos, de una u otra forma, les ha hecho sufrir y, sobre todo, sentir que en cualquier momento podrían ser fulminados. Alonso cometió un error al intentar contemporizar en algunos aspectos con los deseos de su jefe. Hasta Pep Guardiola, en un mensaje revestido de escatología («que mee con la suya»), vino a decirle a Xabi que no cometiera el error de pagar por los errores de otro, que pagara solo por los suyos. Finalmente, Alonso ya está en el paro y probablemente se estará tirando de los pelos por no haber puesto a Vinicius y a algún otro en el lugar que le correspondía.
Entrenar al Madrid es muy difícil, pero aguantar la permanente y desconfiada mirada de su presidente lo es mucho más todavía. Florentino Pérez ha ganado una barbaridad de títulos con el Real Madrid. Nada más y nada menos que siete Ligas de Campeones, siete Ligas de España y tres Copas del Rey, amén de las supercopas de España y de Europa y de Intercontinentales y Mundialitos. Por si fuera poco, ha convertido a la entidad blanca en un sólido trasatlántico en lo económico. Es el club más valioso del mundo y una máquina de generar ingresos.
Pero no todo le sale bien al presidente. Su gran obra, el Santiago Bernabéu, no deja de darle disgustos. Su sueño de tener un estadio multiusos en el que se iban a celebrar algunos de los conciertos más espectaculares del mundo se ha estrellado contra los vecinos de la zona, que le están ganando la partida en los tribunales. Y fruto de este lío es el Metropolitano, campo de su rival madrileño, el que se está llevando los eventos multitudinarios. Igualmente, tiene problemas legales con los aparcamientos y no le acaban de coger el truquillo al césped del coliseo blanco, que no es lo atómico que nos habían dicho que iba a ser.
A esto, hay que unirle que su sueño de la Superliga se desvanece, por más que haya ganado alguna sentencia y que esté peleando por una indemnización millonaria. Laporta le dejó tirado, pero ahí sigue, enfrentado a Ceferin, presidente de la UEFA y enfangando a su club en un pulso que no puede ganar.
A Florentino se le llena la boca de hablar de los valores del Madrid, pero, por su comportamiento, entre ellos no se encuentra el saber perder. En realidad, ni sabe perder, ni sabe ganar. Solo sabe dar órdenes e ir a la guerra cuando alguien osa no obedecerle. Eso, y echar entrenadores, aunque no tengan culpa alguna de lidiar con un equipo que configuró el propio presidente.