La espera había sido tediosa, larga, insufrible y descorazonadora. Y el final, también. Tanto, que la audiencia está acumulando una teoría detrás de otras para no aceptarlo. No que se haya terminado Stranger Things —el universo principal, porque la máquina de hacer dinero no se detendrá y ya hay en la parrilla de salida varios productos— sino cómo lo ha hecho. Mal.
Mal no por el final en si, sino por la inconsistencia, por los agujeros, por el ritmo desgarbado. Los fans de la serie están pasando, en grupo, un duelo. De los fastidiados. La primera fase ha sido la negación, que en este siglo de las redes sociales y la querencia por las teorías de la conspiración, ha llevado por título Conformity Gate y postulaba que este final no había sido más que una ilusión creada por Vecna y que pronto se estrenaría un capítulo nuevo. El final de verdad. Pero el final de verdad no existe.
Ahora, la ira. En las redes está circulando ya una nueva teoría con claras reminiscencias a aquella película de Glenn Close y Jonathan Pryce. Hay quien sostiene que esta última temporada ha sido tan mala porque se había bajado del barco una guionista en la sombra. Leigh Janiak habría estando arreglando los desaguisados de los hermanos Duffer hasta que el año pasado presentó los papeles del divorcio a Ross y con ellos, Eleven quedó realmente huérfana.