Democracia, petróleo, hielo e inteligencia artificial

Amparo Alonso
Amparo Alonso betanzos DE NEURONAS Y MÁQUINAS

OPINIÓN

María Pedreda

11 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ha terminado un 2025 con sonrisas forzadas y lágrimas auténticas, algunas de ellas derramadas por guerras que creíamos haber encerrado para siempre en los libros de historia del siglo XX. Esas guerras continúan, aunque han sido desplazadas en los titulares por otro tipo de conflicto, una nueva forma de conquista: la que se libra con código y algoritmos, y no solo con ejércitos. Así, comenzamos un 2026 en el que la Administración estadounidense interviene en Venezuela e instaura un gobierno de transición, oficialmente para «restablecer la democracia». Las formas resultan familiares, pero el fondo es diferente: el de una estrategia global en busca del control de recursos naturales. EE.UU. quiere asegurar sus reservas de petróleo, litio y cobalto, y lanza advertencias también a Groenlandia, convertida en un nuevo El Dorado del siglo XXI por sus minerales críticos, sus recursos hídricos y su situación geoestratégica. En este tablero, la inteligencia artificial actúa como árbitro discreto, pero decisivo, de la partida. Petróleo viejo, hielo nuevo y algoritmos de inteligencia artificial (IA): tres elementos aparentemente inconexos que hoy redefinen el poder global, mientras la Unión Europea observa, dividida entre su dependencia energética y su ambición de liderar la transición ecológica.

Trump no es el primero en mirar a Venezuela y a otros países iberoamericanos con ojos de halcón. El intervencionismo es viejo, pero el contexto y el cómo son novedosos. En un mundo que aún depende del petróleo, con una transición energética en marcha que ya mira hacia las baterías de litio, las reservas probadas de más de 300.000 millones de barriles de Venezuela son un botín estratégico tentador. Pero no es solo el petróleo, sino otros recursos claves que yacen en el subsuelo venezolano: el litio (esencial para las baterías de los coches eléctricos), el cobalto (sin el cual no existirían teléfonos móviles ni sistemas de armamento avanzados) y el oro, que sostuvo durante años al régimen venezolano. La amenaza estadounidense responde en el fondo a una estrategia de control de recursos: si EE.UU. no puede dominar el litio de Bolivia o el cobalto del Congo, Venezuela se convierte en un plan alternativo de enorme valor. Y mientras el discurso oficial habla de libertad y democracia, se libra otra batalla silenciosa en paralelo usando inteligencia artificial, con algoritmos que rastrean cada barril de petróleo, analizan patrones comerciales, movimientos de buques cisterna y transacciones financieras sospechosas. Y todo ello sin necesidad de desplegar tropas sobre el terreno.

La Unión Europea, dependiente en un 90 % del litio importado principalmente de China y América Latina, observa con preocupación. Bruselas ha intentado cerrar acuerdos con Chile y Bolivia para asegurar su suministro, pero Venezuela, con su mezcla de recursos y caos político, es un quebradero de cabeza. Mientras EE.UU. actúa, la UE se mueve con mucha cautela con declaraciones diplomáticas y sanciones selectivas, temerosa de quedarse fuera del reparto. Sin litio no hay coches eléctricos, y sin cobalto no hay industria tecnológica europea. Y sin el gas ruso, la dependencia energética se convierte en un auténtico talón de Aquiles.

Y mientras Europa debate y el foco mediático se fija en Caracas, el Ártico se derrite. Literalmente. Y ese deshielo abre una oportunidad geopolítica de primer orden. Groenlandia, rica en tierras raras, uranio y agua dulce (el llamado «oro azul» del futuro), se convierte en una pieza clave del tablero global. China ya ha invertido en minería en la isla, Rusia ha reactivado antiguas bases militares soviéticas abandonadas tras la Guerra Fría y Estados Unidos ha reactivado Camp Century, una base secreta bajo el hielo groenlandés. ¿Y Europa? Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca, miembro de la UE, pero Bruselas apenas va más allá de comunicados y reuniones bilaterales. Europa necesita esos minerales (Groenlandia concentra alrededor del 10 % de las reservas mundiales de tierras raras), pero no quiere tensar sus relaciones ni con China, su principal proveedor, ni con Estados Unidos, su aliado militar. La apuesta europea pasa por la diplomacia y la inversión en minería sostenible. Suena bien, pero la realidad es menos amable: la minería en el Ártico es cara, lenta y tecnológicamente compleja.

Además, los recursos del futuro no son solo minerales. El agua dulce liberada por el deshielo podría convertirse en un activo estratégico. Empresas de EE.UU. ya usan IA para predecir el deshielo de los glaciares y planificar posibles explotaciones. Mientras Venezuela representa la guerra del pasado (petróleo, sanciones e intervencionismo), Groenlandia encarna la del futuro: datos, algoritmos y drones que cartografían recursos en tiempo real. Ciertas empresas europeas emplean satélites y drones con visión hiperespectral para identificar los yacimientos groenlandeses, mientras que sus algoritmos de IA predicen el deshielo y las posibles futuras rutas comerciales árticas. No fue casual que Trump ofreciera en el 2019 comprar Groenlandia, como si se tratase de otro hotel en Manhattan.

Lo que une a Venezuela y Groenlandia no es solo la codicia por sus recursos, sino quién los controla y cómo. Aquí es donde la IA se convierte en el actor clave. En Venezuela, los algoritmos inteligentes rastrean el flujo de petróleo y minerales, detectan rutas de contrabando y facilitan presiones económicas sin necesidad de una invasión militar. En Groenlandia, predicen dónde y cuándo se derretirán los glaciares, qué recursos serán accesibles y cómo transportarlos. Satélites y drones, guiados por datos y algoritmos, dibujan el nuevo mapa del poder.

La UE ha lanzado proyectos emblemáticos como Destination Earth, un gemelo digital de la Tierra para predecir cambios climáticos y de recursos, pero sigue por detrás de EE.UU. y China en capacidad de cómputo y velocidad de ejecución. Mientras unos hablan de tanques y bases militares, Europa apuesta por la diplomacia y la regulación. El problema es que en la geopolítica del siglo XXI, quien controla los datos, controla los recursos.

Venezuela es el último suspiro de un mundo basado en el petróleo. Groenlandia, el primer capítulo de uno basado en minerales críticos y agua. Y la inteligencia artificial es el instrumento que inclina la balanza. Mientras los titulares hablan de amenazas, sanciones o democracia, el verdadero poder se ejerce mediante los algoritmos que deciden qué barco bloquear, qué mina explotar y qué glaciar vigilar. A Europa le resta una última baza: su poder normativo. Bruselas está preparando leyes para regular la extracción de minerales críticos y limitar el uso de IA en conflictos. La cuestión es si llegará a tiempo y si será suficiente. Porque en este nuevo juego geopolítico, las reglas ya no las escriben quienes redactan tratados, sino quienes controlan los datos y los algoritmos.