Posiblemente tanto ustedes como yo nos hemos llevado una desagradable sorpresa por la noticia del robo perpetrado en el Museo del Louvre. Un «golpe» ejecutado con preparación, precisión y rapidez. Siete minutos, una plataforma elevadora, una ventana rota y unas motos, han sido suficientes para poner en duda la confianza en la seguridad integral de cualquier museo, ya sea grande, medio, pequeño, de reconocimiento internacional, nacional o local. Es muy probable que hayan sentido cierta solidaridad con los ladrones, reflejo de personajes de libros y películas como Thomas Crown, Arséne Lupin, Topkapi o La Trampa. Es natural reconocer cierto aprecio romántico por estos personajes «de guante blanco».
No vayamos más allá de esa emoción inicial. En 1977, tras la creación del Comité Internacional para la Seguridad en los Museos (ICMS, 1974), Robert G. Tillotson planteaba que existían dos categorías de ladrones, aquellos que buscaban con su robo obtener un rescate a cambio de los bienes sustraídos y, aquellos otros que ansiaban el beneficio inmediato de la reventa del bien o, lo que sería peor, de las partes que lo componen. Esta es la realidad a la que nos enfrentamos.
Reflexionemos sobre las consecuencias que este tipo de acciones tienen en un ecosistema tan delicado como es el de los museos. Se trata de instituciones comprometidas con la protección, conservación y exhibición de un legado cultural que nos pertenece y que debemos transmitir a las generaciones futuras. Cada vez que una noticia de estas características, bien por accidentes humanos —daños involuntarios—, bien por acciones criminales —robos, sabotajes o actos vandálicos—, aparece debemos pensar que no solo perdemos unos bienes de incalculable valor patrimonial, también añadimos una dificultad más a las posibilidades de poder disfrutar en el futuro de estos bienes con entera libertad, garantía y confianza.
Es en casos como este cuando los museos se deben reafirmar en su compromiso fundamental, la dimensión ética, política y profesional de salvaguardar y cuidar todos estos bienes que, en sus dimensiones históricas, estéticas, sociales y culturales, nos representan, nos unen e identifican.