La cuestión palestina

Miguel Paradela López PROFESOR DEL DEPARTAMENTO DE RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE COMILLAS

OPINIÓN

YOAN VALAT / POOL | EFE

15 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En el momento de escribir este artículo, un alto el fuego se ha establecido en Gaza y diferentes países reunidos en Egipto han perfilado los términos de un acuerdo de paz bajo la tutela de Estados Unidos. Es fácil querer sumarse al entusiasmo general e incluso ver estos hechos como el inicio del fin del conflicto palestino-israelí.

Sin duda, el principal logro es que reduciría la carnicería a la que la población gazatí ha sido sometida durante los últimos dos años, sumando más de 67.000 muertes. Del mismo modo, el Gobierno israelí ha accedido a permitir el paso de la ayuda humanitaria, poniendo fin a la hambruna provocada entre la población civil. Además, los prisioneros israelíes —vivos o muertos— del ataque del 7 de octubre de Hamás serán devueltos, lo que supondría un enorme alivio para sus familias.

Sin embargo, el plan de veinte puntos anunciado por Donald Trump incluye elementos alarmantes. En primer lugar, Gaza pasará a depender políticamente de un Consejo de la Paz (Board of Peace), liderado por el presidente Trump. Esto sería posible, ya que esta «Nueva Gaza» estaría controlada por una «fuerza internacional de estabilización», liderada por Estados Unidos y dirigida a garantizar la desmilitarización de la zona y a entrenar a fuerzas de seguridad gazatíes. Durante este período se desarrollarían planes de reconstrucción de la ciudad que recuerdan claramente al plan Gaza Reconstitution, Economic Acceleration and Transformation, que el presidente estadounidense ya propuso el septiembre pasado y que buscaba convertir la región, en sus propias palabras, en la «Riviera de Oriente Medio».

Más incierto aún resulta el papel de Israel, que ya ha avanzado que no interpreta el acuerdo como el reconocimiento de la existencia del Estado palestino.

Frente a una futura Gaza desmilitarizada y controlada por fuerzas aliadas, e Israel manteniendo el control del 53 % de la Franja de Gaza, es muy difícil pensar que no veremos una continuación del abuso de la población civil, ya sea con el establecimiento de puestos de control militares o incluso con asentamientos de colonos como los que usa Israel en Cisjordania para expandir su control.

Sin duda, sería jugar a la ruleta rusa en cabeza ajena opinar sobre si las autoridades palestinas deberían o no aceptar este acuerdo. Es su decisión como Estado y su responsabilidad como pueblo.

Sin embargo, sí que podemos reflexionar sobre la euforia generada por el acuerdo de paz. Porque solo en un mundo cada vez más violento, cruel e inestable podemos ver como una victoria política que se detengan los bombardeos a civiles, que se deje de usar el hambre provocada como herramienta política o que se establezca un nuevo «protectorado humanitario».

Es posible que los palestinos tengan motivos para celebrar. La comunidad internacional, en cambio, no.