El primer día del curso

Francisco J. Tapiador CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE CASTILLA-LA MANCHA

OPINIÓN

12 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya han empezado las clases en la universidad. He dado mi primera lección de la asignatura de Física de la atmósfera, en tercero del grado de Física. Un curso más y, como cada año, la epifanía del paso del tiempo. Es sano constatar año tras año que mis estudiantes siempre tienen la misma edad, unos veinte años, mientras que yo voy sumando trienios. Cada curso que pasa crece la distancia entre la mentalidad de mis alumnos y la que teníamos nosotros en los noventa, pero la tarea del profesor sigue siendo la misma y difícil. Iniciar en un tema complicado a quienes en principio no saben absolutamente nada de la materia.

Hoy les expliqué la diferencia entre tiempo y clima. Ya no recuerdo cuando aún no sabía cuáles son las capas de la atmósfera, pero hoy por la tarde ellos van a tener que esforzarse en memorizarlas. Los números mágicos de la asignatura, esas cifras que repetiremos clase tras clase, están agarrados a mis neuronas desde hace décadas, pero es ahora cuando llaman a la puerta de las suyas. Si se quieren dar buenas clases esto hay que tenerlo presente a cada minuto. Cuando ellos aún no habían nacido yo hacía años que era doctor en Física de la atmósfera, pero en la práctica eso solo quiere decir que cualquier cosa que para mí es evidente no tiene por qué serlo para ellos.

La novedad es clave. Cuando se recibe por primer vez una información, se produce un milagro. Si se está atento y receptivo, con ganas de aprender, ese conocimiento se integra de forma natural en la persona. La habilidad para que este proceso se consume de una manera suave y agradable se adquiere con la práctica y es en cierta medida independiente de la aptitud del estudiante, pero sí que depende de su actitud. Solo se puede conseguir que lo nuevo sea asombroso, interesante y formativo si ambos lados colaboran para que así sea.

En la mayoría de los casos todo es, de hecho, nuevo. La mayoría no sabe qué le espera en una o dos semanas, pero a veces se resisten a hacerme caso y retener unos datos que les van a ser imprescindibles para entender lo que explicaré entonces. Este es un tema delicado. El éxito de la tarea del profesor, conseguir que los estudiantes adquieran las habilidades y competencias previstas, depende en gran medida de construir y mantener una frágil confianza con sus alumnos. Ellos deben confiar en que el docente conoce el camino y que las tareas que señala no son arbitrarias, sino parte de su método educativo. Si no lo hacen, no aprenderán.

Haber visto todo el camino es importante. Ellos no saben cómo acaba esta asignatura, de qué manera se van a combinar todas las piezas en esa figura que se quedará en sus cabezas como «la física de la atmósfera», pero yo ya he hecho varias veces ese viaje y sé dónde están las curvas, los repechos, los pasajes oscuros y los puentes que hay construir sobre los ríos para no perderse en el camino. Sé dónde hay que hacer acopio de recursos, dónde se puede ir más deprisa y dónde hay que descansar para que la materia se vaya asentando y formando parte de su nuevo ser. Esta guía es imprescindible para formar intelectualmente a los estudiantes, y solo esa tarea de acompañamiento y de ir desbrozándoles el camino a su ritmo ya justifica la necesidad de los docentes.