Japón procedió a su rendición formal el 2 septiembre de 1945 —hace unos días se cumplieron 80 años de esta efeméride—, después de la aceptación de la rendición incondicional el 15 de agosto. Esta rendición puso fin a los combates en el Pacífico y marcó el final de la guerra nivel mundial.
Las bombas nucleares lanzadas por Estados Unidos en Hiroshima (6 de agosto de 1945) y Nagasaki (9 de agosto) aceleraron la decisión de Japón de rendirse. Tras la devastación causada por ambos ataques en el país y cientos de miles de muertos y heridos, el emperador Hirohito firmó el Acta de Rendición de Japón a bordo del USS Missouri y aceptó los términos de la Declaración de Potsdam, con la consiguiente pérdida de territorios, la ocupación aliada y un largo proceso de reconstrucción.
Claro ejemplo de que la historia la escriben los vencedores. ¿Qué hubiera ocurrido si esas dos bombas, cuyas principales víctimas fueron la población civil, hubieran sido lanzadas por las potencias derrotadas en la contienda? Sin lugar a dudas, se las hubiera criminalizado más. Los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial ya no tienen remedio. La contienda marcó a varias generaciones y lo único positivo, por llamarlo de alguna manera, que se puede sacar de semejante barbarie es llegar a la conclusión de que aquello no puede volver a repetirse. Aunque visto lo visto (Ucrania, Gaza, etcétera), el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.