Diecinueve meses para una revisión
En febrero del 2024 me hicieron una intervención ambulatoria en el centro de salud del Ventorrillo, en A Coruña, y hasta hoy sigo sin fecha para la revisión, que tenía que ser antes de nueve meses desde el día de la operación (van casi 19 meses).
Escribo porque somos muchos los pacientes a los que se nos está negando el servicio de la Seguridad Social: ponemos reclamaciones que contestan con un «copia y pega», siempre igual, y sin que nos deriven a otro centro. Si la reclamación no les interesa, la desestiman, borrándola y tapando la boca a los enfermos. Tengan o no razón, son médicos y juegan con la salud de la gente. No me lo puedo permitir, pero voy a tener que pagar un seguro privado, cuando llevo 20 años cotizados a la Seguridad Social. Raquel. A Coruña.
La claudicación catalana
La reciente reunión entre Salvador Illa y Carles Puigdemont en la embajada de Cataluña en Bruselas resulta tan simbólica como preocupante. Que el president de la Generalitat se desplace al extranjero para entrevistarse con un prófugo de la justicia española no es un gesto de normalidad democrática, sino una claudicación institucional.
Illa la presenta como una muestra de diálogo, pero el mensaje que proyecta es otro: que Puigdemont, pese a haber huido para evitar responder por sus actos del 2017, sigue gozando de un reconocimiento político que erosiona la autoridad de las instituciones catalanas y españolas. Hablar de «motor de la democracia» mientras se legitima un encuentro en territorio extranjero transmite más una foto de cesión que de responsabilidad.
Cataluña necesita reconciliación y estabilidad, no gestos que alimenten agravios ni que den alas a quienes han desafiado la legalidad. La amnistía aprobada ya fue un gesto de enorme generosidad política. Reunirse en Bruselas, en cambio, supone normalizar una anomalía y enviar a los ciudadanos un mensaje equivocado: que incumplir las leyes puede tener premio. Claudina Garbajal. Ribadavia.
Armas, miedo, locura
El poder es uno de los privilegios más rentables a los que pueda acceder un ser humano; sus prebendas alcanzan los rincones más inaccesibles y absurdos de su existencia, como así lo demostró China con el último pase militar, en el que desfilaron amenazantes miles de soldados y toneladas de armamento ligero. Este armamento no nuclear, a medida, es el escudo suicida de un mundo poco empático que ama la vida por encima de todas las cosas mientras encarga a los soldados librar batallas interminables en su nombre con miles de muertos y lisiados, consciente de que la nobleza de las causas que persigue merecen arriesgar la vida de su ejército en una guerra convencional, pero no la suya en una nuclear. Antes, los gobiernos ponían al alcance de sus tropas las armas más potentes de las que disponían para defenderse con ellas; ahora las ponen a buen recaudo en manos del miedo, del poder... o de la locura, para defenderse de ellas. Luis Cabaneiro Santomé. Lugo.